Su figura sigue en medio de la polémica

Su figura sigue en medio de la polémica

“Debo considerar a la Cortina de Nopal como un fuerte inexpugnable.Creo firmemente que no puede progresarse si no hay inconformidad, si no se hastía uno de lo hecho un día y vuelve a empezar otro camino. Creo tener una dosis indispensable de criterio para disentir de una forma de vida y de un encallecimiento de la cultura. Creo tener el derecho, como ciudadano y como artista, de oponerme a un estado mediocre y conformista de la creación intelectual. Ésa es mi falta imperdonable. No se crea, por otra parte, que para mí no existe otro México más que aquél que ataco. Hay otro México para mí, al que respeto y admiro como incondicional (…) es el México universal y eterno que se abre al mundo sin perder sus esencias”.

Es 2018 y es 26 de febrero. Primer cumpleaños de Cuevas sin Cuevas. Según la mayoría de sus biógrafos cumpliría 84 años; según algunos cuantos, 88. Un conflicto familiar entre sus hijas y su segunda esposa y los testimonios de amigos y colegas aderezan la marmita del guiso escandaloso. ¿Eso habría querido el llamado l’enfant terrible? ¿Será el escenario idóneo para un hombre que creara, desde la insolencia y la provocación, una vida “performática”, según sus propias palabras?

Entre tantos aniversarios y efemérides, este 2018 coincide también —aunque hay conflicto de nuevo en la precisión de las fechas— con la publicación del manifiesto (“protomanifiesto” lo llamó Gonzalo Vélez) de José Luis Cuevas llamado “La cortina de nopal”, del cual extraemos un párrafo al inicio del presente comentario y en el que mostró su oposición a la precedente corriente artística del nacionalismo. Con ese texto, Cuevas reforzó la corriente artística joven de su tiempo que a la larga se llamó generación “de la Ruptura” en la cual permaneció fiel a la vertiente figurativa pleno de inventiva, excentricidad y, como ya mencionamos, provocación. Diez años antes de su muerte, en noviembre de 2007, el Instituto de Cultura de Yucatán organizó dos jornadas con el pintor, una de ellas una mesa panel en la sala de arte del entonces Teatro Mérida, en la cual Cuevas encabezó la actividad acompañado de los artistas visuales Gabriel Ramírez, Manuel May Tilán, Alonso Gutiérrez, Roy Sobrino y Gildo González.

Cuevas respondió a las preguntas del público a su manera resuelta, protagónica, con humor y no sin encontrar la manera de llevar la respuesta siempre a su territorio y no al de quien formuló el cuestionamiento. Parecía muy divertido al recordar tanto la sesión de tatuajes de sus autorretratos “… en el cuerpo de muchas mujeres que fueron a tatuarse, ellas decían en qué partes del cuerpo, y tenían que pagar primero el retrato, no podía repetirse…”, como lo escandaloso que fue en aquellos tiempos al exponer “un pomito con lo que dije que era mi semen… aunque ahora lo puedo confesar, en realidad era Resistol…”. “También fui candidato a diputado porque así podía atacar a Díaz Ordaz… recuerdo el cartel que me diseñó Vicente Rojo: yo hacía la ‘V’ de la victoria”, añadió. Así, el Cuevas polémico y agudo no dejó aquella vez que concluyera la jornada sin expresar su abierto rechazo a las nuevas tendencias, al arte conceptual, “… a los artistas que exponen como ‘genialidad’ una montaña de botes de cerveza, como lo vi la otra vez en el Cenart… o aquél de la caja de zapatos, Gabriel Orozco, a quien sin embargo le reconozco su gran éxito porque lo que sigue es una moda internacional: lo que va a suceder con los nuevos, con los artistas jóvenes que se expresan así es algo terrible… cuando deje de hacerse, qué van a hacer, se van a tener que dedicar a otro oficio…”.

Once años después de aquel encuentro, Cuevas ya es historia y su cumpleaños se inscribe en las enciclopedias artísticas y los anales históricos. Sus últimos días, envueltos de misterio y —según algunos— de tragedia, no tendrían por qué empañar, aunque quizá sí aderezar su alambicada biografía; pero de ninguna manera menguar la importancia de la preservación y análisis de su trabajo, inscrito en la tendencia de la neofiguración de “La Ruptura”, con un estilo propio auténtico y consolidado y en el que entre otros elementos destacables supo hacer de lo horrible y lo deforme un poema a la expresividad: sus “Animales impuros” expuestos en Paseo de Montejo fueron una oportunidad para los espectadores locales. Seis décadas después de “La cortina de nopal” y en el aniversario de su nacimiento, con la única certidumbre de la fecha porque el año todavía se discute, recordamos a Cuevas y miramos el tránsito a un tiempo distinto, sin idearios explícitos y con pocas convicciones, sin profundas certidumbres y quizá por ende también sin evidentes equivocaciones —un tiempo líquido, diría Bauman— en el que privan la desazón y el desánimo, y en el cual los manifiestos tienen que escribirse en 140 caracteres y el escándalo medirse en el número de “retuitazos” o de “me gusta”, con la sentencia de que durará exactamente lo mismo que tarde en aparecer otra novedad distractora. Otra época la nuestra, más allá de aquella “era de Cuevas” —seguramente le hubiera encantado denominarla así— con sus propias luces y sombras, aunque todavía inefable para muchos de nosotros.

Fuentes: Diario de Yucatán