El arte como salvación

El arte como salvación

Mathias Goeritz, odiado por audaz y controversial

El pasado miércoles 4 se cumplió un aniversario más del nacimiento de Mathias Goeritz (Danzig, 1915-Ciudad México, 1990), un artista polifacético y audaz, con un importante legado en el campo de la pintura, la escultura, la arquitectura y la teoría del arte occidental, y con una especial contribución en México.

Goeritz realizó estudios en artes plásticas y se doctoró en Filosofía e Historia del Arte por la Universidad Berlín. En 1945, a causa del régimen nazi y de la guerra, huyó del país germano para trasladarse a España. En Santillana del Mar, junto con otros artistas e intelectuales, fundó la célebre Escuela de Altamira, la cual fue un proyecto fundamental para la renovación del arte de vanguardia en la península ibérica a partir de una profunda reflexión teórica y estética.

A fines de 1949 Goeritz llegó a México, invitado para dar clases en la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Guadalajara; poco después se trasladó a la capital del país. En aquella urbe, con el mecenazgo de Daniel Mont, proyectó y construyó el Museo Experimental El Eco, una de sus obras más emblemáticas, concebida como una “escultura habitable” y que fuera capaz de producir una máxima emoción estética y espiritual en el espectador/habitante, esto en contraposición con los principios de la arquitectura funcionalista, en boga por aquellos años, que privilegiaba el carácter racional y utilitario de los espacios arquitectónicos.

El Eco buscaba una integración o convergencia de la pintura, la escultura, la poesía y la danza, pero no como una mera superposición o supeditación de éstas a un marco arquitectónico, sino de una manera natural u orgánica. Asimismo, el edifico pretendió ser una expresión de las inquietudes espirituales del hombre moderno y es como una caja de resonancia de los ideales estéticos y filosóficos de Mathias Goeritz. Para él, la actividad creadora del artista debía estar puesta al servicio de la sociedad y su función, más allá de su simple utilidad, era embellecer el entorno vital de los hombres.

En este sentido, el arte y la actitud de Goeritz se oponían al concepto del “arte por el arte”, exaltado por las diversas corrientes y vanguardias europeas desde fines del siglo XX y que había derivado en una producción hecha exclusivamente con fines comerciales. En una sociedad cada vez más inserta en la vorágine del mercado capitalista, regido por el consumo, la oferta y la demanda, Goeritz se declaró harto de la “pretensiosa imposición de la lógica y de la razón del funcionalismo, del cálculo decorativo, de la gloria del día, del egocentrismo y de la moda del momento”, proponiendo un arte que sirviera como guía y modelo de una sociedad utópica.

El sentido revolucionario y social del arte propuesto por Goeritz no debe confundirse con un concepto de arte de contenido ideológico o político. De hecho, se puede decir que la propuesta del maestro es revolucionaria en dos sentidos, ya que por una parte rompe con las tendencias internacionales del mercado del arte y por la otra, en el contexto mexicano, rompe con los postulados del arte nacionalista de la Escuela Mexicana. En efecto, estas ideas y posicionamientos, aunado a su condición de extranjero en un país cerrado en sí mismo, le costó la enemistad de los principales maestros del muralismo mexicano, especialmente de Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros, quienes lo acusaron de afeminado, nazi, espía papal y demás. Por otra parte, y aunque fue muy estimado entre sus alumnos, se dio poca atención y seguimiento a sus propuestas teóricas y filosóficas.

En los últimos años de su vida, Mathias Goeritz se dedicó a profundizar en la reflexión en torno a los problemas de la sociedad moderna. Terminó convencido de que éstos no eran de orden estético sino espiritual y que la crisis moral de la sociedad moderna se debía a la pérdida del sentido del orden religioso y trascendental de la vida. Para Goeritz, el arte se traducía en una “oración plástica”, es decir, en una elevación del hombre hacia los valores trascendentales. Pensaba que el arte, retomando su sentido espiritual, era una vía para la salvación de la humanidad.— Ángel Gutiérrez Romero para “El Macay en la cultura”
 

Fuentes: Diario de Yucatán