“Bajo la lámpara”: La jubilación, la melancolía y la memoria

“Bajo la lámpara”: La jubilación, la melancolía y la memoria

La risa de los viejos es una melodía maravillosa.

Apenas el contrapunto de toda su melancolía. Existe una extrañeza cultural-occidentalizada frente a la vejez: el sistema absoluto a nuestro alrededor nos educa para sacar(nos) el mejor provecho durante la juventud y la adultez; somos esta masilla moldeable que va siendo preparada para exprimirse como un recurso capitalista tremendamente útil mientras el cuerpo y las facultades lo permitan. Cuando la masilla pierde plasticidad, se descubre en un impasse en el que se le dificulta adaptarse a los moldes; primordialmente porque ya no se hacen moldes que medianamente le acomoden.

¿Qué se hace con los viejos? ¿Qué hacen los viejos cuando no se hace ya nada con ellos? ¿A dónde se van la memoria, la experiencia, la sabiduría y las historias eternas que morirán con ellos? ¿A dónde el lento tempo de hacer todo lo que antes pero con mayor paciencia o hastío, o tolerancia, o resignación?

Para el cambio de milenio, Johan Sundgren (Upplands Väsby, 1969), por razones familiares y económicas, decide regresar a su natal Suecia tras una larga estadía en México y diversos estudios sobre fotografía. Instalado en una Estocolmo familiar, decide trabajar para los Servicios Municipales de Atención Hospitalaria: su trabajo consistía en asistir a ancianos jubilados de la posguerra. Así, Sundgren se instauró en una dinámica de vinculación antropológica: mientras significaba el tipo que ayudaba a cargar las compras, limpiar la casa o hacer arreglos que los propios ancianos no podían, también se convirtió en el testigo más fiel de la habitualidad perenne.

Como resultado del vínculo y la intimidad inherente de estas dinámicas, Sundgren comenzó a pedir permiso a los ancianos asistidos para hacerles fotografías: no se podía permitir el lujo de tener a su disposición las iluminaciones y ángulos y simbolismos adecuados sin producir la evidencia obvia y necesaria para una posteridad, que, de no ser por la construcción de la propia Suecia en el siglo pasado, no habría tenido cabida.

Son 22 fotografías de mediano formato, en blanco y negro, que retratan la habitualidad de la jubilación: están el anciano perfectamente acicalado caminando bajo la nieve, presuroso; la anciana recostada en cama, acabada de peinarse, lista para tomar la siesta; la pareja curiosa que decide caminar de más por las calles de Estocolmo sólo para dejarse maravillar por cualquier cosa; el baño lento pero riguroso con esponja en la bañera, las pieles que cuelgan con la cadencia de quien está cansado pero satisfecho, y las elucubraciones mañaneras tras el desayuno y el sosiego de la incertidumbre de lo venidero y el arrepentimiento y el anhelo de lo pasado; los objetos que se miran antiguos, cuidados y llenos de una voluntad inaudita que apunta a la permanencia… También están los contrapuntos: fotografías, en pequeño formato, de Sundgren a cuadro: los ancianos, en una voluntad de hegemonía, retrataron también las actividades de su cuidador en el día a día.

La muestra, además de su innegable belleza nostálgica, constituye un documento antropológico y psicosocial: toda relación es, al menos, bilateral; toda relación constituye una memoria compartida; toda relación es especular.

“Bajo la lámpara” forma parte de las exposiciones de la temporada enero-marzo que se presentan en el Museo Fernando García Ponce-Macay.— Ricardo Javier Martínez Sánchez, para “El Macay en la cultura”

Fuentes: Diario de Yucatán