Arte ecológico, un bien común

Arte ecológico, un bien común

No importa qué, todo vuelve a la naturaleza. Porque la naturaleza lo es todo. Esta premisa debería ser suficiente argumento para la inexistencia de preocupación alguna respecto al estado actual de la Tierra, pero no lo es. En contraste con la ceguera voluntaria e inaudita —con sus respectivas motivaciones económicas, por supuesto— de algunas facciones de poder en el mundo, todo indica que los daños provocados a la naturaleza en los últimos ciento cincuenta años son alarmantes y, en algunos casos, irreversibles.

Consecuencia de las actividades económicas y su masividad, de la mano con la industrialización, muchos de los modelos de producción perseverantes en las últimas décadas del siglo pasado se negaban a tener cabida entre sus motivaciones al cuidado del medio ambiente: como un monstruo voraz e insaciable, el ser humano se dedicó a producir y producir y producir y a hacer dinero con ello. Tras el cambio de siglo y los evidentes cambios globales que han provocado tales actividades y modelos, la preocupación se vuelve más real y urgente, sobre todo urgente.

Como el resto de las actividades humanas, al arte le corresponde una responsabilidad ineludible: la de interceder por el bien común, aunque éste sobrepase las voluntades individuales. La aparición del arte ecológico (también conocido, en ocasiones, como arte ambiental o ecoarte) es una de las respuestas conscientes del ámbito ante la situación actual de la Tierra. Su finalidad tiene como guía el discurso de regreso a la Naturaleza, no exclusivamente de manera conceptual, sino de manera empírica: el uso de materiales ecoamigables o plenamente naturales, el reciclaje, el contraste del uso de materia orgánica ante situaciones inorgánicas. Una combinación que espera impactar en el espectador y en otros artistas sobre las bondades de, efectivamente, ser bondadoso con la naturaleza.

HA Schult (Parchim, 1939) inauguró de manera formal y masiva el discurso ecoartístico. Con su obra “Trash People” (1996) de gira por las grandes ciudades y monumentos del mundo, logró cautivar la atención necesaria para que su discurso fuera tomado como algo serio: más de mil figuras humanas, con 1.80 metros en promedio, hechas exclusivamente de chatarra, formadas en absoluto orden en las faldas de las pirámides de Egipto o en fila obsesiva y repetitiva en la Muralla China, o en París. El mensaje es directo y, al mismo tiempo, aterrador: la literalidad del ser humano como un ente puramente de consumo; somos chatarra atiborrada en los monumentos de la historia, abúlicos, zombies, esperando más material de consumo para congratularnos; un ejército de absoluta basura mirando el atardecer en Giza fingiendo interés en las pirámides mientras esperamos la hora para comprar la siguiente soda en lata que nos saque de esta insatisfacción perpetua.

Otro ejemplo notable del tema lo podemos encontrar en la obra de los ingleses nacidos en los sesentas Tim Noble y Sue Webster, particularmente con sus famosas “Shadow Sculptures”: esculturas construidas con base en materiales tan diversos como basura casera, animales disecados, metales inservibles y envolturas de consumibles habituales.

Las esculturas están montadas de tal forma que, por sí mismas, pudieran funcionar como perfectos y bonitos montículos de porquería en una galería (es, a veces, increíble la mezcla de color que se puede conseguir con una pila de basura), sin embargo, la dualidad de figura y fondo cobran especial sentido cuando se les proyecta una luz encima: las sombras proyectadas en la pared, tras las esculturas, representan los perfiles perfectamente detallados de los artistas en distintas actividades.

Como los ejemplos anteriores, el arte que opte por lo ecológico, en especie o en discurso, se tiene que convertir en una actividad inexorable. Parecen los tiempos perfectos para que el artista combine lo lúdico y lo creativo con la responsabilidad social que le compete como persona en el mundo. Finalmente, el artista es un portavoz de discurso, cualquiera: es el momento histórico definitivo para hacer que lo irreversible en la Tierra sea lo menos. Es el momento para que el arte vuelva a ser bondadoso.— Ricardo Javier Martínez Sánchez para “El Macay en la cultura”.

Fuentes: Diario de Yucatán