Gabriel Ramírez: el tiempo y la transformación

Gabriel Ramírez: el tiempo y la transformación

La frase nos llega a todos: la gente no tiene tiempo. No tiene tiempo para leer, para disfrutar de una película, para escuchar música… ni para el arte.

Ni para pensar.

El tiempo también fue el causante de limitar nuestra conversación con Gabriel Ramírez a una fugaz llamada telefónica en el contexto de la reapertura de la Sala 8 —dedicada a su obra— en el Museo Fernando García Ponce “Macay”. La pintura de ayer y la de hoy, los cambios, la permanencia, el tiempo… temas interminables y muy grandes para una conversación exprés.

Gabriel, el pintor, es el de siempre. Se apega al mismo color, a la misma luz —esa que es tan necesaria para que su obra se vea bien— y sin actuar de manera premeditada, ese color y esa luz parecen dictar el nuevo camino que tomará la distribución de ese mismo color en el inefable lienzo blanco.

Mi transformación es muy paulatina —dice Gabriel— mantengo el color, en efecto… casi no utilizo los grises o los ocres, no hago mezclas… pero aquellas formas tan lineales y tan geométricas de los noventa, hoy sí han cambiado. También hay más espacios vacíos.

Hace un par de meses, una colección suya se presentó en la galería Lux Perpetua en diálogo con trabajos de Emilio Said. Su obra, de factura reciente, es distinta pero también es igual a la que permanece en el Macay —en su mayoría de los años 90—. En Lux Perpetua la gama cromática es la misma, pero el discurso compositivo no. La energía también es homóloga, pero hay cambios sustanciales en el discurso orgánico de sus nuevas formas. Hay más recursos gestuales y menos empleo de técnicas controladas como apoyo con el empleo de cintas adhesivas y distribuciones estructuradas de los elementos.

“Yo siento que los cambios suceden de manera imperceptible… en realidad no soy muy consciente de lo que hago, por eso luego mis cuadros lucen muy repetitivos porque se transforman con mucha lentitud. Y no me pongo a pintar con lo que hice antes en la mente a ver si lo modifico o no…”.

Además, y como él mismo dice, en la generación de pintores que le son coetáneos, esa transformación paulatina y quizá hasta lenta de la producción artística, sin cambios abruptos ni repentinos, es un rasgo común.

“Pero esos cambios sutiles sólo los puede ver el espectador si destina tiempo para ver la pintura. Y ahora la gente no tiene tiempo para ver, como tampoco para oír música o para leer”.

El poeta colombiano Álvaro Mutis sí se tomó ese tiempo para ver. Y en 2001 escribió sobre Ramírez que sus cuadros “…pertenecen a los muy pocos que aún me dan la impresión de que se internan, indiferentes a lo que nos sea la propia substancia de su vida, por la selva del tiempo, seguros de ser siempre lo que no son y de conservar para siempre la maravilla de su maliciosa inocencia”.

La sala 8


En la sala 8 del Macay se encuentran actualmente 11 piezas de grandes dimensiones, de las cuales 10 son acrílicos y una, óleo: “Amigos no cercanos”. Tres corresponden al año 2001 (la ya mencionada “Amigos no cercanos”, “La vuelta de la máscara rota” e “Inofensivos de asilo”. Y todas las demás a los años 90: “Pez fuera del agua” (1995), “Pintor gordo con tres sillas y tres bichos” (1991), “La plaza grande, urinario público” (1999), “Don Gonzalo, pintor trastornado de Sisal” (1991), “El horror de la tierra” (1993), “Serpiente de días de lluvia” (1995), “El sol permanece invisible” (1995) y “Marte invade la tierra” (1996).

Y sí, como él mismo ha explicado, en sus trabajos de este período se observa ese control compositivo y de trazo al que nos referimos más arriba, y si se quiere, a más sugerencias figurativas que en su colección contemporánea. Si observamos de cerca y detenidamente, una sucesión de elementos y recursos de las vanguardias estarán a nuestro alcance: sutiles drippings, pequeños resaltes de pintura, sugestivas transparencias, puntos de concentrada energía, trazos zigzagueantes…

… y en el segundo plano –y hay que alejarse un poco entonces– aparecen el orden controlado, los personajes “a caballo” entre la figuración y la abstracción, el informalismo, la influencia ya muy dicha de Appel, el grupo CoBrA, los colores de Van Gogh, la Ruptura… Señales todas que invocan y llaman, que justifican el hecho artístico, y que se realizan a través de la mirada, como explica Luis Carlos Emerich (2001) “Ni siquiera en sus períodos de abstraccionismo total, Ramírez ha inhibido la aparición de señales que revelan el tema a ultranza de sus composiciones: la entidad humana y su entorno natural, o directamente la preeminencia del ser, única justificación verdadera del arte”.— María Teresa Mézquita Méndez para El Macay en la Cultura

Fuentes: Diario de Yucatán