La provocación como medio necesario

La provocación como medio necesario

La provocación y su hermana en primer grado, la Trasgresión, tienen un lugar asegurado en la Historia como motivadores constantes de cambio; de evolución o involución, de repetición, de re-configuración. No son positivas ni negativas, sólo “Son”, acaecen, las elegimos, las necesitamos, están siempre latentes para salvar el día e iniciar de nuevo. Cada que un recurso-discurso social se ve mermado y viciado, están las Hermanas al alcance: siempre dispuestas. Siempre.

La historia (personal y social, son más o menos la misma cosa) es cíclica: los imperios se levantan y se caen y se vuelven a levantar y se vuelven a caer; las bibliotecas se abarrotan y se queman y se vuelven a abarrotar y se vuelven a quemar; la gente muere y otra gente nace y se mueren otra vez y otra gente nace otra vez. Lo mismo con las corrientes y las escuelas: nacen, se desarrollan, tienen su apogeo, tienen algunos hijos y finalmente mueren. Los discursos se agotan.

Cuando el surgimiento de La Ruptura en el ámbito artístico mexicano ocurrió, la trasgresión y la quebradura con el ámbito ortodoxo se hacían evidentemente necesarios; la única manera de pluralizar el arte y su validación en el país era mediante la sublevación. ¿Para cuánto tiempo alcanza un discurso de rebelión? Es curioso, como la historia misma, los ciclos tienden a redirigirnos a lo básico: tras correr desaforadamente y huir nos detenemos al final del camino sólo para descubrir que llegamos, de nuevo, a donde comenzamos.

La pintura de Daniel Lezama (Ciudad de México, 1968) es un regreso necesario para la re-configuración en el ámbito. Como figura mediática ha despertado interpretaciones y validaciones contrastantes: quienes demeritan y rechazan su trabajo aluden a la provocación como herramienta barata y repetitiva; quienes confirman y alaban su trabajo aluden a la técnica y a la mezcla homogénea de sus temáticas.

En “La Gran Noche Mexicana (2005)” se observa una celebración con múltiples elementos nacionalistas (re)contextualizados: hay un grupo de mujeres de frente al espectador, desnudas, con la palabra “México” pintada en sus cuerpos, a modo de barra futbolera; entre los asistentes están dos borrachos de cantina con botana y tequila en mesa, un partero y su gouda que también parece carnicero; hay también un joven adolescente a modo de macho cabrío como símbolo de la tragedia griega; hay también una mujer ataviada con el manto celestial guadalupano y, al centro, con traje blanco y lentejuelas, Juan Gabriel amenizando la fiesta dionisiaca. Todos parecen disfrutar dolorosamente la celebración. Toda la escena retratada con un manejo del claroscuro sublime, a la vieja usanza. Los desnudos y la carne son recursos recurrentes en las pinturas de Lezama. Y la violencia, el regreso a los mitos básicos y la cultura popular mexicana contemporánea (no es casualidad que “El Divo de Juárez” presida la ceremonia mexicana por antonomasia).

La re-elaboración de lo sacro (a veces con literalidad, a veces como homenaje a sus influencias) es también un tema constante: en “Guadalupe Tonantzín” (2003) revisa “El origen del mundo” (1866) de Courbet y le otorga un sentido nacionalista y erótico al tiempo: la vulva y el clítoris como una imagen de la diosa prehispánica y su versión postcolonial. ¿Provocador? Sí. ¿Discursivo? También. ¿Disfrutable mediante apreciación artística? Que sí. ¿Disfrutable bajo contextualización popular? Sí, sí, sí.

Aunque el propio artista alude a su pintura como “naturalista”, son evidentes los guiños con la pintura academicista: su manejo del realismo y la iluminación son en ocasiones apabullantes. Y aunque el consenso que acude a su técnica podría ser suficiente para su valoración actual en el ámbito, son sus discursos lo que le otorgan el plus: una suerte de neo-nopalismo que intenta integrar la psique del mexicano como una cosmovisión suficiente para entender el mundo, no basta con la tropicalización; el regreso a lo básico parece cada vez más necesario.

La obra de Daniel Lezama ha recorrido decenas de museos en México y el extranjero.— Ricardo Javier Martínez Sánchez para “El Macay en la cultura”

Fuentes: Diario de Yucatán