Nance en habanero para el maestro Castro Pacheco

Nance en habanero para el maestro Castro Pacheco

Ahora que es temporada de nance, su olor contundente y único impregna los mercados, las palanganas en las calles, las heladerías, los puestos de “machacados”. En mi estudio atraviesa los cristales de la ventana y se cuela hasta mis fosas nasales: afuera hay un atormentado árbol que creció entre rejas y muretes, y que, unas veces más generoso que otras, a veces desde julio y siempre en agosto, es fiel a su cita veraniega y desgrana sus adictivos frutos sobre una minúscula terraza interior.

Ese olor poderoso adereza la reconstrucción de los recuerdos: cuando hay aniversarios para la ausencia, la evocación es automática.

Era la segunda mitad de 1991, tal vez octubre o noviembre… un viaje en el tiempo 26 años atrás. Quien esto escribe era aún estudiante universitaria, obediente por lo menos esa vez, de la instrucción del profesor para uno de tantos inefables “trabajos de equipo” y cuya tarea consistía en invitar a un artista para conversar con los estudiantes. Esa vez a mí me tocó “buscar al invitado”.

Hay que recordar que esos tiempos los artistas hacían su vida en sus propios mundos. Aun en una comunidad tan pequeña como ésta muy poco se sabía de sus actividades, había que visitarlos en sus estudios o verlos por ahí de repente en algún café, un bar o inauguración. No había redes sociales para ventilar los avances del próximo proyecto ni plataformas para estar permanentemente a la vista y paciencia del mundo entero. La prensa sí publicaba algunas notas, pero con la usual mesura para los temas relacionados con las actividades culturales.

Aquella quien fui —la miro sobre mi hombro cada vez más lejos— practicaba un incipiente periodismo con tanta convicción como imprudencia. Ayudaban y mucho a tanta irresponsabilidad la incomunicación, la escasez de información, el reducido horizonte de posibilidades más allá de los libros, la universidad y el trabajo y el fuerte deseo —y la firme creencia en que era posible— de aquello a lo que se llamaba “comerse el mundo”.

Con aquella encomienda escolar escrita sobre la frente, aquella quien fui abrió el directorio telefónico —qué obsoleto me parece hoy día— y recorrió la “C” poco a poco hasta llegar a “Castro… Pacheco, Fernando”. “¿Calle 60 No. 371? Pues sí“, pensó, éste debe ser… ya me dijeron que su casa está en la calle 60, frente al Inegi… voy a llamar”.

—Bueno… —contesta una suave voz femenina, de quien luego conocería: su esposa, doña Blanquita Sol.

Con un desparpajo —el de entonces— que hoy envidio de mí misma, aquella quien fui respondió con mi nombre, mi condición de estudiante de Ciencias de la Comunicación y mi deseo de hablar con el pintor Fernando Castro Pacheco “porque quiero invitarlo a conversar con mis compañeros en clase para una tarea, nos pidieron que llevemos a un artista a interactuar con los jóvenes”.

El maestro tomó el teléfono. Seguramente quienes le conocieron recordarán su voz fuerte, grave y clara. “Por supuesto, encantado le acompaño, señorita. Sólo que me tiene que venir a buscar, eso sí que se lo voy a agradecer”.

—Sí maestro —más locuacidad, imposible— yo voy por usted.

Eran los noventas y yo conducía un Valiant de dos puertas, gris y de techo blanco, modelo 1977. Ocho cilindros de un horno sobre ruedas, al que cuando llovía le entraba agua que, no sé cómo, salía por la guantera como cascada, de manera que debía tener siempre un cubo en el asiento del copiloto para evitar una inundación. Menos mal que ya no era época de lluvias cuando fui por el maestro.

El encuentro

Impecable, de guayabera blanca, Fernando Castro Pacheco en persona me recibió en su casa, me presentó a doña Blanquita, me invitaron amablemente a recorrer por unos minutos ese espacio fascinante. Mis ojos neófitos y perplejos transitaban paredes y paredes llenas de obra. (Lo que daría hoy, a cuatro años de su ausencia física, por regresar a esos instantes).

Subimos al coche y emprendimos el viajecito de 20-25 minutos hasta la mitad de la carretera a Progreso. A la llegada a la universidad yo no comprendía por qué las miradas de asombro de mis profesores. Varios corrieron a saludarle. “Maestro, maestro… bienvenido”. Yo no había avisado previamente quién iría conmigo. Simplemente llegamos.

El profesor de la asignatura nos sentó en círculo (la audiencia de un pequeño salón de 15 alumnos), nos dijo que teníamos un invitado de lujo, que era una gran oportunidad y la charla comenzó. Aquella quien fui llegó bien armada con el tomo correspondiente de la Enciclopedia Yucatanense para leer ante la menuda concurrencia la biografía de don Fernando. El maestro Castro Pacheco recomendó obviar la lectura: “Mejor vamos a conversar”.

Recuerdo de ese encuentro ideas fugaces… alguien le preguntó su opinión sobre el Guernica; otro más sobre los grandes museos, el más enterado sobre su experiencia con los murales del Palacio de Gobierno (ese día yo supe que son “transportables”) y no faltó la pregunta que siempre es un lugar común sobre los jóvenes y el arte… y el futuro.

El tiempo transcurrió muy rápido en la hora con 45 minutos de la clase. La atmósfera fue relajada, cordial, entrañable. De regreso la entrevistada fui yo: don Fernando me preguntó a qué me dedicaba, en que más quería trabajar, si pensaba estudiar fuera del país…

De ese encuentro hoy sólo queda el recuerdo, mi gratitud cada vez mayor al gran artista que aceptó una invitación tan sencilla —aquella quien yo fui estaba contentísima aunque seguramente no comprendía del todo lo que había sucedido— y esta anécdota que llevaba un cuarto de siglo sin compartir y que hoy escribo a propósito de la efeméride.

Estacioné unos momentos el Valiant en el número 371 de la calle 60. Don Fernando lucía contento y relajado. “Maestro, muchas gracias por honrarnos con su tiempo, aquí le entrego un detallito simbólico” y mientras decía esto tomé del asiento trasero del coche un frasco gigante de conserva que a manera de trofeo frutal puse en las manos del gran muralista: nance en habanero.

Sin selfis ni publicaciones en redes, sin una sola foto, en mi memoria se quedó para siempre —y más ahora que es época de cosecha y que se cumplen cuatro años de su fallecimiento—, impregnada como el olor del nance, la amplia, divertida sonrisa del maestro Castro Pacheco.

Fuentes: Diario de Yucatán