La arquitectura que hace sentir: evocan espacios intervenidos por Mathias Goeritz

La arquitectura que hace sentir: evocan espacios intervenidos por Mathias Goeritz

El espacio está solo, pobrecito. No dice nada, porque nada hay en él, pero si lo hubiera ¿qué nos diría? Se referiría a su imposibilidad de comunicar con una paradoja, quizá, y después decidiría quedarse callado por un tiempo (in)definido y después regresaría a su voluntad que creeríamos antropomorfa pero que en realidad habla en dimensiones y signos que apenas alcanzamos a percibir, y nos diría secretos en clave, cosas que arreglarían el mundo pero que no alcanzamos a entender. Y entonces, anonadados, nos dedicaríamos a, reductiblemente, admirar sus designios con la boca abierta esperando a que no nos exploten en la cara, aunque nos exploten en la cara, porque eso es el espacio: el accidente que está a punto de ocurrir pero que no ocurre hasta que algo más ocurre, y entonces todo ocurre.

Mathias Goeritz (Danzig, 1915–Ciudad de México, 1990) era el experto en hacer que algo más ocurriera en el espacio, sacándolo de lo mundano e intentando que nosotros, pobres mortales, le entendiéramos algo. Las emociones más puras no devienen tras la cognición: ocurren ante la falta de ella.

El precursor de la arquitectura emocional parecía entender lo anterior perfectamente: la encomiable tarea de dotar de discurso al espacio únicamente podía ser exitosa si provocaba emociones en los espectadores-habitantes-caminantes; el discurso del espacio, apoyado en las formas, las luces y las sombras que Goeritz le proveía sería entendido unánimemente de manera fenomenológica. No importa cuánta teoría y statement y lucha revolucionaria hubiera detrás de su obra; la apreciación humana siempre sería primero fenomenológica. Y eso estaba bien para Goeritz; era lo menos que podía esperar.

La figura del artista en México y en la modernidad tardía en Latinoamérica es, obviemos, tan representativa como la de Luis Barragán. Tras su llegada a Guadalajara primero, y a Ciudad de México después, tras su expulsión de España por diferencias explícitas con el medio establecido, Goeritz encontró un terreno fertilísimo en las tierras mexicanas y su, en ese entonces, creciente despertar hacia la modernidad y el abstraccionismo.

Fue tras la construcción del Museo Experimental El Eco (una obra habitable, llena de espacios reducidos y abiertos, sombras y luces, habitaciones y columnas, que median entre lo escultórico y lo funcional, siempre limpio pero siempre incitando a la emoción) que Goeritz encontró su discurso definitivo; con la publicación del Manifiesto de la Arquitectura Emocional el artista dejaría en claro sus intenciones y alcances artísticos: la intervención del espacio como un experimento, cuyo fin es despertar y desarrollar emociones de distintas índoles y, con suerte, generar más arte.

No sería atrevido decir que más de la mitad de los mexicanos conocen las Torres de Satélite (1958). La obra, una colaboración entre Barragán, Chucho Reyes y el mismo Goeritz, sobresale por antonomasia. Para el ojo ingenuo, un conjunto de torres sin sentido que destacan por su falta de funcionalidad y rompen con el paisaje urbano de la zona, ajá, pero que representa una intervención al paisaje estéticamente inexplicable; quizá la única manera de entenderlas sea experimentándolas. Las torres se emparentan más con el discurso existencialista kubrikiano en 2001 que con la arquitectura convencional.

La Serpiente de El Eco (1952), quizá su otra obra más conocida, representa la explosión del discurso del espacio: emocional e intensa, disruptiva y estéticamente perturbadora, la colosal escultura dibuja y rompe los elementos naturales en los que se enclave para dotar a los afortunados de una dimensión adicional; una que no ocurre a menos que Goeritz lo desee.

A 27 años de su muerte, es imperativo revisar el legado de uno de los artistas más importantes de la segunda mitad del siglo pasado en el país.

Fuentes: Diario de Yucatán