Apreciación y apropiación en la era de los avances tecnológicos

Apreciación y apropiación en la era de los avances tecnológicos

Parece cada vez más sencillo experimentar una obra de arte. El alcance de las nuevas tecnologías resignifica las posibilidades del usuario-espectador otorgándole, en muchos casos, acceso inmediato y virtual a las obras que le plazca buscar.

Si bien se debe ser precavido en cuanto a las expectativas de la experiencia (la fenomenología es incompleta en la medida en la que menos se esté en el escenario en el que las cosas suceden; utopía del happening aparte) también se debe apreciar la probabilidad de mirar la última película de Godard, vía torrent, cuando es bien sabido que no tiene posibilidad alguna de exhibirse en la sala comercial de nuestra preferencia en la ciudad; lo mismo con el último Koons o con, digamos, la última restauración sobre la copia en el Louvre de La Gioconda que se exhibe para los ojos comunes. Nada nos detiene de experimentar, por voluntad, alguna dimensión del arte arriba referido.

Y esas posibilidades, al alcance de un par de dedos y clics, también nos conducen a cierta responsabilidad: la socialización del arte, hasta hace unos treinta años, estaba condicionada por dos cosas: la interacción con el medio-ámbito y por consecuencia, con el mercado, y la adquisición de materia enciclopédica a pagos, por supuesto, de la literatura e imagen al respecto: la imprenta dominó al mundo durante más o menos 500 años. ¿Cómo se combaten 500 años de efectividad? Y más importante, ¿por qué algo-alguien querría competirle? Hoy queda claro: se le compite cuando el nuevo medio se alza en eficiencia.

Se mide la eficiencia de acuerdo a la satisfacción de la necesidad a la que corresponde. La inmediatez en la obtención de la información y los lenguajes requeridos para, en este caso, acceder a cierto grado de conocimiento sobre una obra tiene repercusiones variopintas. Por un lado conlleva una legitimización de la voluntad del usuario-espectador respecto a lo que quiere conocer; por el otro, alimenta la inercia de una voluntad colectiva. Y en lo colectivo conviven motivos difusos y extraños. Lo que hasta hace algunas décadas significaba tener reproducciones mal impresas de los ángeles de Rafael en la sala de estar, hoy se convierte exponencialmente en el uso de wallpapers en nuestros dispositivos digitales: al alcance sencillo y en high definition, inmediato, más nítido que en la distancia mínima de observación en cualquier galería promedio.

Y con estas voluntades de naturaleza nebulosa que residen en la colectividad también sucede una apropiación más o menos inconsciente: día a día suceden intervenciones sobre las obras que se quedan gravitando en la nube y que se comparten y que se vuelven a sí mismas un lenguaje codificado bajo la premisa de su reproducción rápida y la empatía inmediata, sin la voluntad del autor, estas intervenciones reelaboran el significado social: la colectividad se apropia de la obra bajo ningún contrato mercantil, porque no lo necesita; porque la actividad corresponde a la naturaleza de la hipercomunicación y, por el momento, no hay manera de detenerla. Incluso las instituciones del ámbito comienzan a otorgarle el peso y la importancia que se merece. Pronto podremos dar paseos en las galerías más renombradas con tecnología de realidad virtual sin la necesidad de tomar un vuelo.

¿Todo lo anterior resulta suficiente para legitimar nuestra apreciación sobre las obras y sus consecuentes juicios de valor? No; por supuesto que no. La inmediatez también perjudica la antiquísima costumbre de la contemplación, por ejemplo. Incluso, podría pensarse al contrario: las ventajas del acceso a la información y su intercambio rapaz consecuente no legitima nada más que una responsabilidad social de utilizarlo a nuestro favor y a favor del ámbito y los creadores; se vuelve imperativo acrecentar, al menos, el criterio propio. Ésa es nuestra tabla de salvación; ése es nuestro trabajo mínimo.— Ricardo Javier Martínez Sánchez para “El Macay en la cultura”

Fuentes: Diario de Yucatán