Macotela y el mimetismo del ser

Macotela y el mimetismo del ser

La masa occidental vuelve la mirada por enésima vez hacia los problemas ontológicos y sus imposibles resoluciones. Y si bien estas cuestiones son parte estructural del pensamiento humano e inherentes, por tanto, a su existencia (o a su conciencia, al menos) también es cierto que a través de la historia no siempre han tenido el mismo grado de jerarquía en cuanto a urgencia cultural se refiere. Ante el inminente pluralismo, hibridación e inclusión de las particularidades sociales, la identidad está dejando de ser colectiva para, de nuevo, regresar al interior, mirar hacia adentro, tomar la enorme responsabilidad de deconstruir el yo para reelaborar su significado en términos asequibles personalmente.

Revisitar el interior y reelaborar una identidad a partir del ser primero y de lo que existe después es un ejercicio monstruoso; es al mismo tiempo una apuesta incierta y una renuncia. Es una decisión que de no tomarse a tiempo podría resultar difícil de recuperar. ¿Cómo se reconoce al individuo en la colectividad? ¿Qué papel juega en la construcción de un urbanismo cada vez más hacinado? ¿Cómo hacemos el resto como entidades dicotómicas para reconocer la diferencia? ¿Soy un edificio o soy un actor? ¿Soy el sujeto o soy el objeto? ¿Cómo hago para ser lo contrario?

El trabajo artístico de Gabriel Macotela (Guadalajara, 1954) constantemente parece plasmar el mimetismo del individuo en medio de un monocromático hacinamiento. Influenciado por los procesos de construcción urbanísticos, el también escultor suele esconder figuras humanas, actividades y emociones debajo de lienzos sobrecargados de hipérboles urbanas y su habitualidad. Pasada la mayoría de su vida entre dos de las ciudades más grandes del país, Macotela se sirve de los símbolos posindustriales característicos de las metrópolis para encerrar al individuo, para dejar entrever el ser; pero también para ser encontrado. Este grueso de su pintura y escultura, muy cercano al expresionismo abstracto, es un ejercicio que nos invita, como espectadores, a encontrarnos a nosotros mismos entre la vorágine que representan nuestras ciudades y sus estructuras y la sobrepoblación; entre los edificios cada vez más monstruosos que alguna vez terminarán engulléndonos; entre el marasmo de la sobreproducción y la polución; encontrarnos en medio de la hipérbole de la colectividad.

Macotela lo sabe bien, pero lo deja implícito en su trabajo: la manera más efectiva de recuperar la identidad individual, la trascendente, es a través del diálogo. Y ello no es posible bajo la incapacidad de reconocer a los otros como individuos también; como lo que finalmente somos: espejos. La iluminación de un reflejo buscado y encontrado en medio de una realidad barroca y feral es exactamente el combustible que necesitamos para volver a encender la llama y mirar hacia dentro. A veces el arte logra aquello; a veces los desastres logran aquello. Necesitamos más arte para encender la llama.

Recién cumplidos 63 años de su nacimiento, el ámbito nacional celebra la existencia y el ser de un artista de la envergadura de Macotela: pintor, grabador, escultor, músico, escenógrafo y lo que se añada; adscrito al movimiento de La Ruptura, un verdadero entusiasta de la creación que no solamente se hace necesario en el medio: es ya fundamental. Celebremos.— Ricardo Javier Martínez Sánchez para “El Macay en la cultura”

Fuentes: Diario de Yucatán