El libro, salvador. Es unidad básica de socialización de conocimiento.

El libro, salvador. Es unidad básica de socialización de conocimiento.

Tengo unos treinta libros en mi biblioteca que no he leído en lo absoluto. Algunos de ellos tienen aún la envoltura de celofán, muestra de su candor. Se han ido acumulando a lo largo de los años entre adquisición y adquisición; entre breves enamoramientos y largos duelos; entre mis ganas abstractas y mi falta de voluntad pragmática o de tiempo.

Verán, lo que pasa es que les tengo mucha fe. Los adquiero y los espero, aunque no los habilite de inmediato. Los libros me han salvado la vida. Múltiples veces. Así que cada vez que adquiero uno de ellos, espero, secretamente, que me salve otra vez; que me salve mejor que la última vez, que me salve de verdad, que me salve para siempre.

Seguramente no recuerdo de manera formal el primer momento con un libro entre mis manos; tuve la fortuna de crecer en un hogar en donde se procuraba constantemente la presencia de estos artefactos; enciclopédicos, prestados, pagados a plazos, regalados, heredados, quincenales; así que pudo haber sido cualquiera. Sí recuerdo su presencia constante y recuerdo también que no me parecía extraño en lo absoluto: estaba claro que estaban ahí porque era el orden natural de las cosas, mi padre me dejaría claro eso a lo largo de los años. Y me dejaría claro también que el propósito de esos artefactos tendría que superar, siempre, lo ornamental. No entendí eso hasta que coleccioné visitas a casas extrañas en donde las enciclopedias y las colecciones con letras doradas en tapas duras lucían espectaculares en los libreros de madera de varios congéneres. Libros de ornamento, como escenografía de teatro, ligeros, huecos, sin propósito de fondo.

Soy un afortunado. Por crecer en un contexto proclive a la lectura y por haber sido educado con una apreciación hacia los libros que rebasaba lo puramente obligatorio.

De acuerdo a estadísticas del Inegi de 2016, en México la población adulta lee 3.8 libros al año. Menos de 4 libros y con libros se hace referencia a casi cualquier material de lectura acumulado. Una cifra bajísima aun comparada con otros países latinoamericanos con características económicas y sociales similares.

¿La causa del bajísimo promedio? La cultura y la educación sobre los propios libros; que no solamente tiene injerencia sobre el interés personal o familiar, sino que alcanza los ámbitos económicos y los planes de intervención inmediata de instancias gubernamentales: con excepción de la obligatoriedad de los libros de texto gratuito en el nivel básico, no existe urgencia ni acciones reales y constantes que procuren más presencia de libros en casa de los mexicanos. Se sigue reforzando la creencia de que, en el fondo, en lo urgente, no son imperativamente necesarios.

Permítanme intentar debatir con esa creencia: los libros, en la existencia de cada uno de nosotros, han sido fundamentales para hacernos lo que somos. Aunque no lo sepamos; aunque carezcamos de la conciencia voluntaria de ello. El libro es la unidad básica y formal de socialización de conocimiento y, si me apuran, de entretenimiento. Las formas de desenvolvimiento humano que se derivan a partir de, primero, la impresión de un tiraje y de, después, la lectura de sus productos son casi infinitas.

No me malinterpreten; no se trata de una cuestión de intelectualidad burda ni de pretensión barata. Leer más y tener más libros en casa no nos hará mejores personas per se, eso está claro.

Pero también está claro que leerlos y gozar del acceso más habitual ampliará enormemente las posibilidades de, efectivamente, serlo; aunque sea por pura cuestión de probabilidad.

Los libros nos han salvado a todos, múltiples veces. Tenemos una responsabilidad compartida por hacerlo más evidente; por salvarnos más, por salvarnos siempre.— Ricardo Javier Martínez Sánchez, para “El Macay en la cultura”

Fuentes: Diario de Yucatán