Muralismo de avanzada, legado de Carlos Mérida

Muralismo de avanzada, legado de Carlos Mérida

Mucho se ha escrito ya de la enorme trascendencia que tuvo el muralismo mexicano en los ámbitos histórico y artístico mundiales.

Es probablemente el período-escuela más reconocido en la historia del arte cuando de México se trata. El orgullo nacionalista y el discurso revolucionario que le daban voz a las masas del naciente siglo XX obtuvieron el eco que ningún otro período artístico en el país hubiera tenido. Y qué bueno, porque a pesar de los cánones y dificultades que representarían para otras escuelas con el pasar de las décadas estableció la institucionalización del arte nacional.

De entre los muralistas siempre rememorados destaca, por sus formas distintas a la norma histórico-contextual, Carlos Mérida (Quetzaltenango, 1891). Nacido en Guatemala pero avecindado y naturalizado mexicano en su adultez, el artista representó una refrescante anomalía para la mencionada escuela: orgulloso de su ascendencia maya-quiché y española, instaurado en el discurso nacionalista, aprovechó la narrativa del muralismo y la tomó para representar lo que más tarde se conocería en el ámbito como integración plástica: esta tendencia de combinar el arte y la funcionalidad, sobre todo en la arquitectura, daría pie a múltiples obras en distintos edificios de Ciudad de México. El muralismo no solamente como una expresión artística digna de ser apreciada estética y nacionalistamente, sino como una expresión artística que aumenta sus bonos en la medida en la que abraza y otorga funcionalidad al mismo tiempo.

El discurso de Mérida era sencillo: la pintura de caballete estaba acabada y el arte tenía que volver a sus orígenes; olvidarse del arte para las minorías y regresárselo a las masas de nuevo, a donde pertenecía; la muerte de la ornamentación per se para darle cabida a la masiva funcionalidad. Además de estos esfuerzos por la masividad y la integración plástica, las formas de Carlos Mérida eran, para el contexto, de avanzada: aunque procuraba mantener un discurso de orígenes nacionalistas, sobre todo prehispánicamente hablando, sus representaciones no se asemejaban a la de sus contemporáneos locales: abogó por el abstraccionismo y una geometría tenaz que hacen reconocibles cada una de sus obras; representan una mezcla perfecta de transición entre un abstraccionismo ortodoxo y la función simbólica necesaria para el reconocimiento del espectador mexicano con su contexto histórico.

Me explicaré mejor: es posible interpretar de manera más o menos sencilla los simbolismos históricos plasmados como figurillas geométricas y repeticiones y series en la obra de pintor. Abstraccionismo que funciona para comunicar historia. Abstraccionismo funcional.

Tras el terremoto de septiembre de 1985, algunas de las más grandes obras representativas de Carlos Mérida o tuvieron que ser derribadas o se perdieron por falta de cuidado y seguimiento. Algunas de las edificaciones y unidades habitacionales en las que el pintor había colaborado fueron reducidas a escombros; quizá es un poco del precio de la búsqueda de la funcionalidad. Y aunque así lo fuera, no deja de ser una cosa tristísima. Quizá, tras el déjà vu que significó el terremoto del presente año, y como medida de intervención futura, habría que propulsar el reconocimiento masivo de Mérida en la historia del arte mexicano como se merece. Que los terremotos no sólo nos dejen escombros del arte, sino que muevan memorias y reacomoden los cimientos del ámbito en su lugar. El verdadero.— Ricardo Javier Martínez Sánchez para “El Macay en la cultura”

Fuentes: Diario de Yucatán