Una razón para las efemérides

Una razón para las efemérides

El centenario de la enorme figura de Fernando Castro Pacheco fue motivo en las últimas semanas de la celebración de una exposición y un “Punto de Encuentro” en el Museo Fernando García Ponce y de conferencias y exposiciones en el Ayuntamiento y la Universidad Autónoma de Yucatán, con la participación de expertos, investigadores y personas allegadas al maestro yucateco. Y así como todavía hay una gran deuda con su figura y su monumental legado, otras efemérides entrañables nos recuerdan a quienes nos han precedido en el camino.

En el Macay se anunció que tras las jornadas dedicadas al maestro Castro Pacheco se harían también homenajes correspondientes a otros dos yucatecos: los 85 años del natalicio de Fernando García Ponce, vertebral integrante y fundador de la generación de la Ruptura, fallecido en 1987, y los 80 de Gabriel Ramírez Aznar, pintor y escritor activo hasta la fecha, y cuya vibrante obra abstracta goza de plena vigencia en el panorama nacional.

Y no solamente las artes, también las letras preveen otros aniversarios: la próxima edición de la Filey incluirá varios homenajes con motivo del centenario del natalicio de Juan José Arreola, Alí Chumacero y Guadalupe “Pita” Amor. También cumplirían 100 años Ignacio Ramírez “el Nigromante” y el yucateco Luis Ramírez Aznar. A su vez, hay que recordar que Octavio Paz falleció hace ya dos décadas y que en noviembre Carlos Fuentes celebraría su cumpleaños número 90. Y en el medio musical, entre otros aniversarios, serán ya 150 años transcurridos desde el natalicio de Juventino Rosas.

Ancestralmente apegados al afán de la celebración y la conmemoración, los seres humanos encontramos en estos números cerrados, pares y redondos los pretextos perfectos para recordar, hablar, discutir, homenajear, reconstruir. En nuestro fuero interno, parece ser una reafirmación de la existencia de personajes y hechos dignos de ser recordados o bien al contrario, de no ser repetidos, como hace algunos años el aniversario del holocausto o la Guerra Civil Española movieron estructuras anquilosadas y permitieron encuentros, reflexiones y acciones para cuestionar un pasado que hay que recordar para no caer nuevamente en lo entonces ocurrido.

Ojalá que en nuestro país este año los 140 del natalicio de Pancho Villa sean algo más que un número cerrado, y ojalá que el medio siglo que se cumple del movimiento estudiantil y la matanza del 68 no transcurra en medio del sigilo y la oscuridad: los estudiantes todavía son de lo más vulnerable de nuestro sistema.

Y ojalá también que a los 110 años de la publicación de “La sucesión presidencial en 1910” de Francisco I. Madero (y precisamente en este año electoral y de muchas sucesiones a todos los niveles) releamos con otros ojos citas tan contundentes como aquella en la que Madero acusa a quienes “…llevan una vida regalada, tranquila, indiferente, entregados a las mil diversiones que proporcionan las bagatelas que acompañan a nuestra civilización; los que sólo se preocupan por su bienestar material […] que esas personas se tomen la molestia de hojear la historia, y verán la suerte que han corrido los pueblos que se han dejado dominar, que han abdicado de todas sus libertades […] que han dejado de preocuparse de la cosa pública, para ocuparse exclusivamente de sus asuntos privados…”.

Que los aniversarios no pasen de noche ni en silencio. Que tampoco sean únicamente un festejo que amén de ser muy merecido se quede en esa celebración y no convoque a la reflexión, la preservación del legado, el análisis y el pensamiento, tan necesarios para saber, sobre todo en estos tiempos, quiénes somos y dónde estamos.— María Teresa Mézquita Méndez para El Macay en la Cultura

Fuentes: Diario de Yucatán