Mérida late entre la poesía y el polvo

Mérida late entre la poesía y el polvo

La literatura hace su aparición en sitios inesperados

La ciudad de Mérida encuentra formas peculiares de celebrar la poesía, la literatura. En establecimientos comerciales, lugares de trueque y estanquillos, en el corazón del Centro los versos inundan las calles, pasan por la 60 y se bifurcan en los estrechos pasillos de los mercados.

Pero ahí no termina, la poesía espera, calla hasta que el tacto aleatorio del transeúnte esparza el calor necesario para incorporarlo de nuevo a un estante.

En contra esquina de Correos, en la entrada del mercado, el pasillo que da hacia los condimentos, entre las dos ferreterías, al fondo, con un formato rústico, “Polvo” de Guadalupe (Pita) Amor espera. Aún se percibe la tinta verde que sella el título del poemario en un papel ajado por el tiempo y el nombre de la escritora encabeza la publicación que se percibe frágil. Una mítica frase augura el resto del contenido: “… y en polvo te convertirás”. No hay forma de escapar, de ser partículas, de pasar las páginas.

De frente al primer verso, las palabras de Guadalupe Amor construyen el contorno de un rostro grácil donde habitan pómulos disimulados, una mirada incisiva y una personalidad avasalladora. Un retrato que encuentra la profundidad en su lenguaje, en su métrica y sonoridad. Es ella, enuncia las incógnitas: “Me envuelve el polvo, y me inquieta. / ¿Por qué vendrá de tan lejos? / Y ¿cómo en residuos viejos/ mundos pasados sujeta? / —El polvo no tiene meta, / ni principio habrá tenido; / sé que siempre ha contenido, / en su eternidad convulsa, / la arcana fuerza que impulsa / a lo que es y a lo que ha sido”.

No hay duda, el pasado y el presente se manifiestan, la historia de la construcción del mundo subyace entre cada verso. Mora la divinidad en el cuerpo, en lo terrenal, ahí donde el polvo y lo corporal se unen, ahí donde la escritora conjura a la noche.

La disertación ha sido pronunciada, no hay forma de contener el inevitable hacer y deshacer de sus palabras. Una agudeza remarca cada letra, es el inicio de preguntas y respuestas místicas, de materia fina que se suspende y nos envuelve. Donde se plasma la grandeza de la materia hasta en sus más ínfimas representaciones, fracciones que forman parte de la vida y la muerte.

No hay más caminos, las páginas intensas prohíben el segundo aliento. El polvo inquietante se vuelve apacible, queda pendido en la curiosidad de quien teme vulnerar el papel y de encontrar entre los dobleces tormentas incapaces de atravesar.— Por Gabriela Trinidad Baños, para “El Macay en la cultura”

Fuentes: Diario de Yucatán