Escritura de sobria belleza

Escritura de sobria belleza

Un palimpsesto gatuno a la Juan García Ponce

Juan, un buen día, entró al mundo como un gato entra a un edificio. Lo hizo para quedarse. El orbe se hizo como tinta, y rodeó sus letras. El escritor apareció un día, y desde entonces estuvo allí. Nació para la Mérida yucatanense un día de septiembre, o, mejor dicho, el 22 de septiembre de 1932 nació para él.

Juan y su figura se sumaron a la apariencia de los estudios y los edificios, como un maullido en gris que atraviesa la ciudad naciente.

Creía en la imaginación y la belleza, en su poder y su natural conexión con el arte. Un pensamiento así tenía que habitar la Casa del Lago. El centro capital de México lo recibe en 1945, y lo educa con la literatura y el arte dramático. Las letras con las que escribía Juan eran una construcción antigua pero bien conservada, con la sabia arquitectura que usan infinitamente los escritores que daba valor y lugar a los elementos accesorios y cuyo estilo se ha vuelto anacrónico por su mismo carácter sin perder su sobria belleza.

Veo, cuando la tarde se vuelve lienzo, a Juan, escribiendo y corriendo y corrigiendo aún más, en su escritorio de madera maciza. De algún modo, su inexplicable presencia se llevaba con el tono del mundo, a punto de la vanguardia y el revuelo impetuoso… Juan parecía ser contrario a esa remota evocación de un mural estático; su terreno eran los elementos nuevos y desnudos de pasado y nación. Me acostumbré a encontrar de pronto a Juan y recibir su mirada vibrante, y a verlo bajar o subir la mano cundida en tinta, sin preguntarse a quién pertenecería tal o cual renglón.

Juan, el escritor, un García Ponce, redactaba con la fluidez de la cola de un gato que llega de pronto a un edificio. Llegaron las revistas, los libros de poemas, ensayos, y guiones. También recibió los premios. Arribó a todos lados, hasta a las inmóviles ramas de los árboles de la calle, que podían verse a través de las ventanas, y al sol que entraba por ellas, radiante e impreciso. Su escritura de rama radiante, imprecisa, en la que ella estaba siempre desnuda y era suya.

Escribir sobre la escritura de Juan es complicado, porque habría que escribir en clave de múltiples géneros. Tendría yo que vivir el traspaso de raíces del mar a la ciudad, y ver el fantasma de mi hermano en sus pinturas. Por igual debería conducirme a ser parte de alguna posibilidad de la historia, “de la doble faz de la modernidad: ruptura y restauración” (palabras de Octavio Paz en un coloquio sobre las vanguardias), y demostrarlo con la selección de “Nueve pintores mexicanos” para darles voz y avanzada.

No puedo escribir sobre Juan como Juan lo haría, porque tendría que hacer palimpsestos de mí mismo hasta el infinito, hasta que las piernas me fallen y, aun así, el mundo no se fatigue por girar y seguir rotando, al punto de encontrarse forma o de diluirse en ella, como la más perfecta de las abstracciones.

Pasa que las letras de Juan llegan a reposar sobre el cuerpo como un gato, pequeño y gris, que uno termina por esperar con el corazón tenso y abierto, desnudo y asoleado. El placer de la mirada (tal es el nombre de un excelso documental laureado sobre el escritor) aparece con menor frecuencia en los escritores que en los pintores. Con Juan, la mirada adquirió nombre, con todas sus letras.

Nota: Algunos de los pasajes de este texto se corresponden con otros en “El gato”, escrito imperdible de Juan García Ponce, un buen inicio para explorar sus letras. Les deseo felices lecturas.— David Mayoral Bonilla para El Macay en la Cultura

Fuentes: Diario de Yucatán