Quiero preguntarte algo. ¿A dónde se va el cabello?
No te rías, es en serio: ¿a dónde se va? Cuando pagas estratosféricas sumas de dinero para que te lo corten y tristemente nadie lo nota ¿a-don-de-se-va-el-ca-be-llo? Cae al piso, se acumula, lo barren y lo colocan en alguna bolsa para basura. ¿Ahí se queda? ¿Para siempre?
La gente aseguraba que el cabello y las uñas seguían creciendo en un cadáver semanas después de haber sido enterrado. Aquella suposición, aunque bizarra y romántica, es consecuencia de la deshidratación de los músculos y la piel, dando la ilusión de que tanto uñas como pelo alcanzaban mayor longitud después de la muerte. La realidad es que el cabello perdía cualquier conexión vital; cualquier posibilidad de evolución orgánica trascendente e interpersonal.
Con “Diario orgánico”, Selma Guisande (ciudad de México, 1972) recupera algo que todo mundo trata de olvidar: un diario con 365 entradas donde el cabello que perdió, día a día, queda plasmado en una hoja de papel; no dibujado, no reproducido, no tomado como modelo: está ahí, pegado a cada hoja en la pared.
Cuando uno se aproxima a la obra no se reconoce de impronta la composición: en primera instancia parece un estudio sobre formas y curvas, dibujado con tenues y delgados trazos de carbón; compulsivamente, obsesivamente. Después uno se acerca y descubre el verdadero material, y uno se sorprende y siente la necesidad de revisar, con lujo de detalle, el resto de las entradas del diario. La plasticidad del cabello, como sabrás (tú y tu terrible y sempiterno cabello alborotado), es mayúscula. Y entonces uno no puede evitar preguntarse: ¿Cuánta voluntad hay aquí, en esta entrada? ¿Cuánto azar hay en esta otra? ¿Ese día se recortó el cabello; por qué los trozos pequeños? ¿Por qué no hacemos más con el cabello perdido? ¿Por qué tratamos de olvidarlo? Te sorprendería la cantidad de gente que se quedó tiempo de más revisando esta obra en particular. Cuánta fascinación y cuánto olvido. Cuánto cabello.
Quiero preguntarte otra cosa. ¿Qué haces con tus ruinas? Tómalo como quieras, con literalidad o alegoría. Yo te digo qué hace la gente con sus ruinas: en la literalidad, la vende como cascajo, relleno para nuevas construcciones; en la alegoría, va a terapia o a los bares o al casino, para tratar de enterrarlas. ¿Qué haces tú con las propias? En la sala dedicada a la obra de la artista hay una instalación que ocupa casi la mitad del espacio: se trata de restos de lo que fue una construcción, colocados a cierta distancia los unos de los otros; rodean una pantalla en donde se muestra el momento exacto en que se destruye la fachada de una casa que, uno supone, corresponde a los restos que ahora están en la galería, como parte de la obra; el vídeo también contiene un dibujo superpuesto que la artista realizó en un arranque de furia infantil. La gente pudo golpear una pieza de los escombros en la inauguración con un martillo. ¿Te parece inconexo?
Déjame argumentar: esto es lo que Guisande hace con sus ruinas. No sólo las exhibe para el escrutinio público, las interviene y ofrece al otro, al visitante, intervenirlas también. Así, la instalación juega con los tiempos: revisa el pasado y lo transforma; interviene el presente empíricamente y deja evidencia para el futuro y sus nuevos visitantes. No sé qué pienses tú, pero me parece una tarea brutal.
Una intimidad que se despliega y se desdobla no sólo en el espacio de la sala, sino en el Tiempo.
El total de las obras presentadas en la sala dedicada a su trabajo parece cubrirlo todo. Y no es que lo haga, pero la variedad de técnicas, materiales, temas y modos de las obras contenidas ahí es abrumadora. Da cuenta de la plasticidad creativa de la autora y exige, al mismo tiempo, flexibilidad receptiva por parte de los visitantes. Precisamente la clase de exposiciones que te gustan a ti; de ésas que te retan y te demandan; de ésas con las que crees mantener un nivel de diálogo que sólo tú puedes mantener.
“Dibujo habitado” forma parte de las exposiciones de la temporada enero-marzo del Museo Fernando García Ponce-Macay.
Puede visitarse de miércoles a lunes en los horarios habituales del museo.— Ricardo Javier Martínez Sánchez
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Con su propio cabello

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