La Escuela de Bellas Artes, el Ateneo Peninsular… y la niña del lazo

La Escuela de Bellas Artes, el Ateneo Peninsular… y la niña del lazo

Lleva un lazo en la cabeza, un vestido blanco y vaporoso, y luce profundamente concentrada en su quehacer: dibuja de pie, frente a un pequeño caballete de mesa. Por su estatura parece una niña.

¿Quién será? En la imagen parece ser la única menor de edad y la única mujer en el aula, donde además hay seis hombres jóvenes, cada uno más absorto que el otro en su propio trabajo artístico: uno dibuja, uno hace modelado en barro, otro parece barnizar un objeto de bulto… El pie de foto indica que se desconoce el nombre del autor de la gráfica, pero que sí se sabe que son alumnos de la Escuela de Bellas Artes de Mérida “en la década de 1920”.

¿Cuál sería el nombre de esa niña? ¿Qué habrá sido de ella? ¿Hasta cuándo vivió? ¿Quiénes serían esos sus compañeros de la foto, todos protegidos por batas o delantales, absortos artísticamente en sus personales creaciones? La foto es fascinante, escenográfica. ¿Estará prefabricada, muy posada? ¿La habrán preparado para una colección que pasaría a la posteridad y cuyas intenciones hoy desconocemos?

Con esta sola fotografía, proveniente de la Fototeca Guerra y que se expone en el Museo Fernando García Ponce con motivo de “El Ateneo Peninsular y la Escuela de Bellas Artes de Mérida”, se puede comenzar esta inmersión en un discurso museográfico que lleva al espectador primero por un recorrido histórico, que ilustra e informa sobre el origen y consolidación de la Escuela de Bellas Artes, hoy Centro Estatal de Bellas Artes, y posteriormente muestra el fruto del trabajo y la producción artística de varios artistas de Yucatán, estrechamente vinculados con ambas instituciones.

Ya se ha dicho pero conviene recordar que en este 2016 la originalmente fundada como Escuela de Bellas Artes de Mérida cumple 100 años, a la par que el Ateneo Peninsular, hecho este último del cual dimos cuenta en dos columnas publicadas en este mismo espacio, en enero pasado, en relación con las celebraciones de inauguración del recinto.

Sobre la exposición

De vuelta a la muestra. En esta primera mitad de la exposición (salas 9 y 10) se invita al visitante a un recorrido de más de sesenta piezas, entre fotografías, obra gráfica, pintura, escultura y reprografías que permiten un reconocimiento inicial de los primeros años de la institución educativa, entre 1916 y 1940.

La información escrita que acompaña la muestra informa sobre los primeros profesores, los primeros alumnos, las disciplinas y los rasgos particulares de la vocación formativa de la institución. En aquel entonces, se lee en la hoja de sala, el Ateneo Peninsular “abarcaba distintas disciplinas científicas, sociales y humanísticas. De éste dependió la Escuela de Bellas Artes en su organización administrativa y académica para impartir la enseñanza del dibujo, la pintura, la escultura y el grabado”.

Entre otros objetos, llama la atención la “Mesa maya” de Miguel Rodríguez, de 1921, en la que Lázaro Cárdenas firmara importantes documentos durante su visita a Yucatán. Otras piezas representativas pueden ser un busto de autor desconocido que retrata a Francisco Sánchez Rejón, primer secretario de la Escuela de Bellas Artes, y también las reproducciones de los dibujos de Eduardo Urzaiz para el libro “Reconstrucción de hechos” que firmó bajo el seudónimo de Claudio Meex.

En la imagen reproducida de una página completa del periódico “La voz de la Revolución”, del 12 de julio de 1918, se pueden admirar las caricaturas realizadas por Víctor Montalvo, que ilustran amplio artículo firmado solamente por las iniciales “M.M.M.” y en el que se hablaba precisamente de un puñado de artistas —retratados por Montalvo— bajo el título de “Los muchachos de Bellas Artes”. En el subtítulo, el encabezado subraya: “La exposición de este año es un gallardo pregón del laborioso entusiasmo de los jóvenes artistas que lustran los nacientes anales de su escuela”.

Y se puede observar también, según se lee en un anuncio de buen tamaño situado a pie de página, que ya desde entonces, en 1918, funcionaba en los bajos del memorable edificio una tienda llamada “Del fabricante al marchante” que vendía telas, trajes y paraguas para señor y señora, y contaba “con una inteligente modista” para hacer los arreglos de las prendas femeninas y un “afamado cortador” para los trajes de caballero.

Además del trabajo pictórico de varios artistas, hay una colección de 10 acuarelas con los diseños de vestuario que hizo el artista Teodoro Zapata para la ópera “Kinchí” de Gustavo Río Escalante, estrenada el 17 de septiembre de 1924 en el Teatro Peón Contreras . Hay también citas humorísticas publicadas en la revista ‘La caricatura’ y textos complementarios que permiten al visitante observar que las primeras generaciones de alumnos y maestros se aproximaron con interés y vocación al paisaje físico y humano de Yucatán, se interesaron por la herencia prehispánica y aportaron tanto con su experimentación plástica como con sus ensayos e indagaciones. Como la niña del lazo, aquélla de la foto a la que nos referimos al principio, todavía hay misterios. Todavía hay innumerables temas pendientes, asuntos por resolver y preguntas en el aire sobre nuestro pasado. Sin embargo, son los ejercicios de análisis, recuperación histórica y reflexión en perspectiva, como esta muestra, los que permitirán paulatinamente la reconstrucción de la memoria, reciente y remota.— María Teresa Mézquita Méndez para “El Macay en la cultura”

Fuentes: Diario de Yucatán