Cada vez que alguien menciona cómo las casas se quedan cargadas con una suerte de memoria integral sobre los acontecimientos que allí ocurrieron en el pasado suelo recordar una anécdota particular: mientras se realizaban los trabajos de remodelación en una vieja casona en el centro de la ciudad los rumores entre los trabajadores sobre la posibilidad de que estuviera embrujada iban creciendo más y más.
En el proyecto de remodelación estaban inmiscuidos arquitectos, ingenieros y hasta un arqueólogo, la mayoría escépticos para las cuestiones paranormales.
Mientras pasaban los días, los albañiles trabajaban cada vez con más miedo y aseguraban que los gritos y lamentos humanos no cesaban, y que si no mandaban a un cura a bendecir la casa, aunque estuviera en obra negra, no seguirían trabajando.
El arqueólogo, intrigado por la fuerza de los rumores, decidió pasar la mayoría del tiempo en la casona: pudo notar los lamentos y los gritos aparentemente humanos en varias ocasiones, durante el día, mientras los trabajadores estaban ahí. Nunca escuchó nada de noche, cuando la casona estaba sola.
Comenzó a sospechar de la voluntad juguetona de los albañiles hasta que tras una serie de lamentos pudo darse cuenta de la conexión: resulta que aunque no se echaron paredes completas abajo, como parte de la remodelación, decenas de capas y repellados tuvieron que ser quitados, arrancados de la estructura. Era cuando eso sucedía que se escuchaban los ruidos humanos; cada capa en la pared que se venía abajo guardaba sonidos y los liberaba.
En opinión del arqueólogo, el sonido se quedó “encerrado” durante decenas de años entre las capas de las paredes, de tal modo que era liberado cada vez que una capa se iba para abajo. Si eso es una casa que tiene y guarda memoria, no quiero ni imaginar la potencia de los gritos para haber impregnado las paredes y lo que sucedía para que ocurriera.
Cada casa es un museo; cada casa tiene memoria y, como sabemos, ésa es de poco fiar: cambiante, transgresora, caprichosa, corrosiva. Vivimos creyendo que un punto en la memoria es la verdad absoluta: cuando es una nube indescifrable. Un punto nebuloso. Una herramienta usada para buscar la verdad pero que está llena de mentiras. ¡Oh, la ironía!
Cecilia Gómez Osalde recurre al símbolo de la casa como punto de inflexión para el discurso de su obra: es el lugar (espacial-racional- emocional) en donde radica la memoria; pero también es el lugar en donde se corroe.
A partir de estas ideas y el trabajo de grabado y fotografía, Cecilia representa la transgresión de la casa como consecuencia del juego macabro de la memoria: fotografías manipuladas que muestran la reja de entrada de una casa repetida y enfocada varias veces en el mismo plano, como la imagen recurrente y psicotrópica que tenemos en una nube de recuerdos; fotografías con intervenciones en donde la imagen es transgredida por trazos tajantes que representan la influencia de la imaginería externa sobre la evidencia. El recuerdo de la casa nunca es el recuerdo de la casa, es lo que queremos recordar de la casa; nuestra voluntad moldeando la casa; nunca la imagen nítida de la casa. La muestra es contundente en ese sentido: deja claro que la manipulación voluntaria de las imágenes corresponde a la intención de representar el mecanismo de la memoria y del ácido con el metal, que parece que para la artista representan más o menos la misma cosa.
A destacarse los grabados: si bien las fotografías manipuladas e intervenidas funcionan como experiencia onírica-sensorial, son los grabados los que mantienen la estructura del argumento: pasan de estudios geométricos y arquitectónicos hasta la redundancia de los elementos humanos y de las actividades del día a día en una casa promedio. Lo que hace a las casas casas no son solamente las paredes, ni los ángulos, ni los cuartos para actividades específicas; lo que hace a las casas casas, es lo que la gente hace en ellas; lo que la gente deposita en ellas; lo que la memoria quiere conservar de ellas.
La muestra “Casa, memoria y corrosión”, de Cecilia Gómez Osalde (estudiante del octavo semestre de la Licenciatura de Artes Visuales de la Escuela Superior de Artes de Yucatán), con más de 50 obras entre fotografías, impresiones digitales y grabados, puede ser vista actualmente en la Sala ESAY-Macay del Museo Macay.
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Cada casa es un museo porque tiene “memoria”.

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