El doctor Antonio Caballero y Góngora, vigesimoctavo obispo de Yucatán, nació en el año de 1725 en Priego, villa ubicada en las cercanías de Córdoba, España. En el Seminario de aquella ciudad realizó sus estudios de filosofía y humanidades, trasladándose posteriormente a Granada, en cuya universidad obtuvo los grados de doctor en cánones y teología.
Como era común en aquel tiempo para los sacerdotes pertenecientes a prominentes familias, el joven Antonio comenzó a desarrollar una notable carrera eclesiástica, desempeñándose como catedrático universitario para después acceder a una canonjía en la catedral cordobesa, en la cual sirvió por espacio de varios años.
Las notables cualidades del canónigo Caballero y Góngora le valieron para ser promovido a la dignidad episcopal; de este modo, en 1774 fue designado para ocupar la diócesis de Chiapas, siendo trasladado casi inmediatamente después para el obispado de Yucatán.
El 21 de julio de 1776, el obispo don Antonio arribó a su diócesis, tocando tierra en el puerto de San Francisco de Campeche. Unas semanas después se encontraba en Mérida, tomando posesión de su Catedral e instalándose en el Palacio Episcopal. Poco más de una año permaneció el doctor Caballero y Góngora en Yucatán, ya que, realizando la visita a las parroquias de su obispado, en abril de 1778 recibió la noticia de su nombramiento como arzobispo de Santafé de Bogotá, en el reino de Nueva Granada, donde llegó a ocupar por algún tiempo el cargo de arzobispo virrey.
Don Antonio Caballero y Góngora —además de sus dotes sacerdotales, políticas y diplomáticas— destacó por ser un hombre de amplia cultura, promotor y protector de las artes y las ciencias de su tiempo. Por ejemplo, en Nueva Granada patrocinó, en 1783, una expedición botánica de carácter científico, encabezada por el ilustrado sacerdote José Celestino Mutis.
En el Archivo Histórico del Arzobispado de Yucatán se conserva el inventario de los bienes personales que el obispo Caballero y Góngora trajo consigo a su llegada a Yucatán. Este interesante documento (referenciado por primera vez por el cronista Renán Irigoyen Rosado) es un claro testimonio de los intereses y las aficiones intelectuales y culturales del ilustre prelado. Además de una diversidad de muebles, objetos preciosos, ornamentos episcopales y ropas del uso diario, en el equipaje destacaban “una cuantiosa y selecta librería; exquisitas y célebres pinturas (y) muchas antiguas apreciables monedas”. En efecto, bien resguardados en 38 cajones de madera, cruzaron el Atlántico los libros que conformaban la rica biblioteca de don Antonio en la que se incluían obras de autores clásicos grecolatinos, Padres de la Iglesia, textos jurídicos y canónicos, al igual que varios títulos de escritores castellanos como Miguel de Cervantes (dos ediciones de “El Quijote”), Francisco de Quevedo y Lope de Vega, entre otros.
Asimismo, la colección de pinturas del doctor Caballero y Góngora en verdad podía calificarse de “exquisita”. Siete cajones del equipaje episcopal contenían la preciosa carga artística: un total de 98 obras de por lo menos 22 autores identificados, entre españoles, italianos y holandeses, de los siglos XVI al XVIII.
Está nómina incluía a grandes maestros como Tiziano, Peter Paul Rubens, Diego Velázquez, Pieter Brueghel, Luis Morales “El Divino”, José Ribera “El Españoleto”, Bartolomé Esteban Murillo e incluso “una lámina de bronce dorada” atribuida a Miguel Ángel.
Siendo la colección de un clérigo, buena parte de los cuadros era del género religioso, 26 de ellos correspondían a representaciones de Cristo, la Virgen María y diversos santos, como por ejemplo una “Virgen de la Concepción para el oratorio portátil”, lienzo original de Murillo. Sin embargo, la mayoría de las obras eran de otros géneros pictóricos como el bodegón, el paisaje, el retrato y el histórico. De este modo, entre las pinturas se incluían “un florero, original de Arellano”; “una cocina grande, original de Rubens”; “tres países” (así se le llamaba a los paisajes) de cobre, originales de David Teniers; “un retrato con una cadena, que se cree de Ticiano” y “tres batallas, de Juan de Toledo”. Esta diversidad de pinturas evidencia el carácter ilustrado de la colección. No se trataba de una serie de imágenes religiosas con fines devocionales (como era común en casas y palacios de los siglos XVI y XVII), sino que buscaba ser una muestra representativa de lo mejor del arte europeo que hoy llamaríamos renacentista y barroco. Recordemos que el siglo XVIII, Siglo de las Luces, vio surgir algunos de los grandes museos de arte en Europa, concebidos como espacios públicos para la recreación y el disfrute estético.
Resulta pertinente pensar que, durante algunos meses, las salas del antiguo Palacio Episcopal de Mérida, hoy en día sede del Museo Fernando García Ponce-Macay, alojaron la valiosa colección pictórica del doctor Caballero y Góngora de tal suerte que los muros del histórico edificio se vieron engalanados con obras de los grandes maestros del arte universal, que se han referido líneas arriba. Al irse hacia Santafé de Bogotá, el obispo Caballero llevó consigo sus libros y sus pinturas; sin duda el Palacio Arzobispal de aquella ciudad fue la nueva sede de la colección. Coincidentemente, casi como premonición, el antiguo palacio bogotano alberga en la actualidad al Museo Fernando Botero.
Parece ser que a mediados del siglo XX un incendio consumió lo que quedaba de aquel rico acervo plástico. Sin embargo, existen referencias de que siendo arzobispo-obispo de su natal Córdoba, el doctor Caballero y Góngora contaba con una “escogida colección de pinturas”. ¿Acaso se trata de la misma colección que a bordo del bergántin El Príncipe arribó a Campeche y que (casi como muestra itinerante) fue alojada primero en Mérida, instalándose después en Santafé de Bogotá para, finalmente, cruzar de nuevo el océano y regresar al Viejo Continente que la vio nacer? Es una interrogante que por lo pronto no es posible responder.
Lo que resulta cierto es que el nombre del doctor Antonio Caballero y Góngora quedará para siempre ligado a la historia del arte, la cultura y las ciencias que tanto amó y promovió.
Exquisita colección de arte, en el Palacio Arzobispal de Mérida

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