Provoca visiones entre el sueño y la memoria

Provoca visiones entre el sueño y la memoria

Como reiteración insistente, como imagen repetida y constante, el paisaje otorga y vuelve a otorgar concesiones a los artistas plásticos. Desde sus primeras apariciones, originalmente como marco o pretexto para figuras protagónicas hasta posteriormente ser él mismo un leit motiv, parece tener una especie de carta de residencia que le permite sobrevivir incluso a su banalización, a su realización naif o a una mentida pretensión de ser infalible: la pregunta y consecuente respuesta de “¿qué pintas? ah… paisajes” puede tener, dependiendo de su origen, de su preguntador y su respondedor, toda clase de connotaciones e implicaciones.

Pero más allá se encuentra la fuerza obvia del paisaje como innegable objeto representativo del entorno. Imagen tectónica o telúrica, sideral o marina, urbana, doméstica o rural, íntima o imaginaria, recupera aliento y vuelve a reinventarse.

En el caso de la exposición “Horizontes” de Ilse Gradwohl parecería que ha elegido un repertorio de las imágenes que quedan en la memoria después de ver un paisaje. Sus imágenes brindan elementos para la imaginación y remiten a visiones en efecto entre la bruma y el recuerdo, entre el sueño y la memoria, con fuerte carga lírica y sentimental.

La propuesta de la colección parte de la visión de los horizontes, esa indefinida frontera que termina en ese impreciso punto en el que se posa la mirada, allá donde no se puede ver más y donde comienza la imaginación y nace la incógnita.

A propósito, hay un antiguo mito griego-ibérico según el cual al ponerse el Sol sobre el horizonte enrojeció las aguas y como parecían arder hizo retroceder de pavor a un ejército completo, el de Décimo Junio Bruto Galaico. Los mitos, dicen, están imbricados en la esencia humana desde un tiempo sin tiempo en el que se hicieron y nombraron las cosas.

Así, los horizontes están cargados de elocuencia y particularmente los de Ilse parecerían no ser sino un solo paisaje, un solo horizonte en un mundo que es éste pero transfigurado en su versión más sentimental, construido a partir de la memoria, la nostalgia y el recuerdo.

Apegada a una técnica tradicional como el óleo, su colección está integrada por lienzos de dimensiones grandes (alrededor de 1.50 por 1.80 en promedio, incluyendo dos dípticos). Su lenguaje plástico abreva de corrientes ya tradicionales, ya clásicas para nuestro tiempo: las vanguardias del siglo XX, particularmente la abstracción europea de mediados de siglo y sobre todo la Escuela de Nueva York. Trazos en diferentes direcciones, coloración tenue, empleo de campos de color surcados de degradados y veladuras en colores adyacentes y en general montajes de colores insinúan en el espectador el camino a seguir para encontrar ese espacio de naturaleza implícita en el que sus títulos refuerzan la sugerencia: “Silencio expresivo”, “Desbordamiento”, “Deshielo”, “Tierra verde”, “Abismos”, “Deslizamiento”, “Silencio”, “Tierra roja”, “Huellas fugaces” y “Vuelo nocturno”.

La innegable y prolongada trayectoria de Ilse Gradwohl cuenta historias de mudanzas y migraciones internas y externas. Hoy, y desde hace mucho ya involucrada plenamente a la vida en México, deja muy atrás su pasado austríaco y acumula exposiciones individuales y colectivas en México y el extranjero. Su obra forma parte de colecciones públicas y privadas en nuestro país, en México, Alemania y Austria, y sus “Horizontes” permanecen en el Museo Fernando García Ponce hasta octubre próximo para su contemplación y goce.— María Teresa Mézquita Méndez para “El Macay en la cultura”

Fuentes: Diario de Yucatán