Lucian Freud y el deseo como motor creativo. Los autorretratos, entre sus obras con mayor detalle.

Lucian Freud y el deseo como motor creativo. Los autorretratos, entre sus obras con mayor detalle.



I keep hanging around your kitchenette, and I'm gonna get a pot to cook you in. I stick my fingers in your biscuit jar and crush all your Gingerbread Men. 'Cause I want you, I want you to be my girlfriend. I want you! I wanna be your solitary man.

Es la introducción de Kitchenette, canción de Grinderman, el proyecto alterno de Nick Cave: el músico australiano reconocible por una cara y cuerpo tremendamente alargados; que se hizo de Gran Bretaña primero, de Estados Unidos en medio, y del mundo después. La canción narra el deseo exacerbado de un tipo de clase media por una mujer fuera de su liga, ora cultural, ora estéticamente. Describe situaciones sociales normalizadas y la constante insatisfacción del protagonista mediante metáforas que implican escenarios como una cocineta, la sala de estar y la absurda satisfacción de mirar, juntos, el show de Oprah. Porque, ha de saberse, la mujer es ajena. La melodía que acompaña a la letra no hace más que sumarle un erotismo desesperado al relato.

¿Qué es el deseo insatisfecho sino una maldición subrepticia? Si la insatisfacción fuera el motor de evolución social, el mundo sería una pila monstruosa de hombres exitosos. Y no lo es. No se engañen. El mundo no es así. O quizá sí. ¿Qué tan exitosos somos?

Se habla ingenuamente sobre cómo el amor es motor de vida. La energía más poderosa en el universo. Es una falacia. Es el deseo. Es la carne. Es lo que uno tiene que hacer por la carne. Lo que uno deja de hacer por la carne. La carne, les digo.

Lucian Freud (Berlín, 1922 - Londres 2011) dedicó toda su vida a pintar la carne. Es probable que nadie más lo haga de nuevo como él. Nieto del padre del psicoanálisis y crecido bajo un ambiente tremendamente estimulante artística e intelectualmente, Lucian eligió tan sólo otra forma de sobre interpretación: como el accionar psicoanalítico, en donde el terapeuta debe interpretar los signos y síntomas del de enfrente para re-interpretar y confrontar, para que finalmente el insight provoque una reconstrucción en el paciente. Lucian hacía lo propio con la pintura: el vínculo que el artista establecía con sus modelos, con el sujeto a pintar, rayaba en los límites intimistas; le parecía necesaria esta profunda relación a fin de encontrar las vulnerabilidades orgánicas: la carne viva, las protuberancias epidérmicas. Quizá por ello es que sus autorretratos sean las obras con mayor detalle y poligonismo.

¿Quién te conoce mejor que tú? Con suerte, un pintor o tu psicoanalista, o un músico de las masas.

El cuerpo como representación artística. El cuerpo y la exacerbación de su materia como narrativa constante. Los cuadros de Freud no son el contexto, son siempre el cuerpo: genitales colgando, tonos rojizos sobre la piel, arrugas y pómulos exagerados. La reinterpreración del artista respecto al cuerpo de sus modelos parecía siempre trágica, siempre desgarradora, siempre intensa. Como el deseo. Como el deseo insatisfecho y perpetuo. El deseo insatisfecho pero procurado como motor de avance cultural. O inspiración, al menos. 

Lo que saben (sabían) tanto Cave como Freud en sus mecanismos de producción es que, a pesar del resultado artístico, a veces más exitoso que otras, el deseo insatisfecho duele. Y duele mucho. Y lo único que se puede hacer con el dolor es enterrarlo profundamente, o representarlo magistralmente para que los otros mamen de él. Disfruten de él. Se duelan con él.

Con suerte se consensue arte digno de ser mostrado y reproducido y, el resto del mundo no tengamos que morir de deseo insatisfecho nada más. Ni de dolor.

Fuentes: Diario de Yucatán