La trayectoria artística que ha seguido el pintor y grabador Carlos Núñez (Mérida, Yucatán, 1976) si bien es reciente, ha destacado por una persistencia que lo mantiene con un ritmo de exposiciones que no ha cesado desde la primera vez que se enfrentó con el público en la Galería de Arte Municipal del Museo de la Ciudad de Mérida, en 2009.
Este año ejemplifica muy bien la constancia de este joven creador, quien confiesa que empezó de manera tardía en el mundo del arte, pero que ha logrado consolidarse de tal forma que vive por completo para y por el arte, sumando cerca de treinta exposiciones individuales y colectivas en Mérida, Campeche, Monterrey e Italia.
Su agenda de 2016 incluye las muestras: “Canto Manouche”, “Mirada adentro” y “Norte y Sur”, esta última en Monterrey; sumando las exhibiciones “Rufino Tamayo en tributo” y “El lenguaje de la fantasía”, actualmente en el Museo Fernando García Ponce-Macay, en el marco del FICMaya.
El estilo de Carlos Núñez se considera arte naif, sin embargo como toda etiqueta hay que tomar con cuidado el afán clasificador. En términos generales, este concepto se emplea para describir artistas “aficionados”, autodidactas, que no se dedican por completo al arte y que por lo mismo sus obras muestran deficiencias de perspectiva o proporciones, entre otras características.
Carlos Núñez inició su formación académica en los Talleres de Artes Visuales de la Uady en 2007, estudió dibujo, pintura, serigrafía y teoría de la composición.
Con el artista plástico Michelle Maugée se inició en el grabado en metal y en linóleo; complementó su formación en la pintura con Ariel Guzmán, Viviana Hinojosa, Jaime Barrera y José Luis Malagón.
Su pasión por el grabado lo llevó a estudiar litografía con el maestro Carlos del Toro, en el Taller de Gráfica de La Habana, así como técnicas de collage y pintura mural en el Centro de las Artes de San Agustín y en el Taller Rufino Tamayo, en Oaxaca.
La ingenuidad que también se le atribuye al arte naif opera en la obra de Carlos Núñez en esa búsqueda por la simplicidad, entendida como cualidad, libre de discursos preconstruidos y por ende de una expresión más sincera y cálida.
A lo largo de casi una década de trabajo y experimentación, Carlos Núñez ha logrado establecer y desarrollar una constancia en su lenguaje e iconografía, consiguiendo un sello personal.
Sus universos oníricos tienen como personajes barcos que transportan casas, peces que vuelan, pueblos con molinos de viento. Para este joven artista lo importante de una pintura es el “qué” y no tanto el “cómo”.
Por ello, en su taller experimenta continuamente para innovar, pero, paradójicamente, sin salirse de su propia línea de expresión, fiel a su iconografía busca explorarla y expandirla.
En el Museo Fernando García Ponce-Macay se presentan trabajos de reciente factura y algunos pertenecientes a sus series “Canto Manouche”, “Casas para insectos” y “Ciudades de cartón”. En su mayoría, las piezas son collages trabajados en cartón, que da variedad de texturas a las obras.
Un ejercicio de selección como la presente exposición permite al espectador reconocer las transformaciones que va registrando el artista en sus diferentes épocas, su madurez y los riesgos que toma en cada obra. Un buen ejemplo es la obra “Adán y Eva”, realizada en 2011, año que marca la transición del artista del grabado hacia la pintura, cuando comenzó a experimentar con el esténcil, el rodillo, la tinta de grabado, con trazos toscos y generando cuadros muy coloridos.
Independientemente de clasificaciones, Carlos Núñez nos recuerda, tal como explica en el catálogo de su obra, que “la realidad es simultáneamente única y múltiple y que se conforma a partir de la construcción personal que hacemos del entorno que nos rodea, siendo al final de cuentas el arte un espejo a través del cual podemos mirarnos a nosotros mismos”.
Para saber más de Carlos Núñez se puede consultar www.carlosnunezarmesto.com.mx.— Diana May Tezpa, para “El Macay en la cultura”
La constancia es su cómplice. Los universos oníricos de Carlos Núñez Armesto.

Traductor