Migrante
Nunca más volvió no por falta de recursos sino por falta de razones (Antonia Guzmán)
Con el nombre de “Prosas y acuarelas desordenadas”, la pintora argentina Antonia Guzmán convoca a ese diálogo expresivo entre voz e imagen, que desde el ancestral ut pictura poesis es sujeto de tensiones y búsquedas entre la poesía y la pintura, entre lo textual y lo visual.
La obra de la maestra Guzmán, instalada en la sala 9 del Museo Fernando García Ponce desde principios de octubre, incluye una colección de trabajos realizados en acuarela, en los cuales está presente ese lenguaje abstracto que la caracteriza y que ya había expuesto en el Macay en el año 2013, cuando el museo presentó amplia colección en homenaje a Argentina y convocó a buen número de creadores visuales de su país.
En la pintura de Antonia, las superficies ofrecen en primera instancia un fondo degradado con zonas céntricas de mayor luminosidad que tienden a oscurecerse hacia los márgenes. Sobre este plano de expresión se observan distribuidas formas geométricas no demasiado contrastantes con el fondo, aunque su ritmo compositivo, con dinamismo y continuidad propios, ofrece una segunda capa de lectura y observación al espectador.
Esta alternancia del fondo con la superficie hace que el espectador oscile en su observación entre ambos planos, y además descubra pequeños elementos geométricos —con ciertas reminiscencias de Kandinsky— que a su vez crean una tercera y más minuciosa mirada sobre su trabajo.
Pero mientras el espectador va de las pequeñas a las grandes superficies, se encontrará con una instalación en la cual sus acuarelas han sido rotas con las manos, fragmentadas en múltiples piezas y distribuidas sobre el muro en alternancia con piezas enmarcadas de las que parecen salir, como liberándose, los trozados pedazos.
En este espacio, el lector descubrirá, intercalados, segmentos y citas de prosa poética, obra de la autora, de quien se lee en la hoja de sala sobre su vocación mixta, interesada en ambas disciplinas. Como sabemos, ese interés no es extraño: se ha dado mucho que el poeta encuentra en el color y la luz la metáfora sin voz que no tiene palabras posibles; de la misma forma, a veces el artista visual termina por elegir un vocablo preciso para poder sintetizar con él todo un caudal de imprecisiones que sólo el lenguaje, le parece, es capaz de expresar: el ya mencionado ut pictura poesis, viejo enunciado que desencadenó innumerables búsquedas y lecturas desde el inicio de las civilizaciones occidentales.
Estos textos, apenas sutilmente escritos, como si se estuvieran borrando entre la memoria y los recuerdos de la autora, tenues sobre el muro como si desaparecieran, como si de frágiles al tocarlos se esfumaran, abren la puerta a otras percepciones de Antonia y hacen alusión a constantes como el ensueño, la ausencia, la identidad: “Soy amarillo limón cuando río / Soy azul violeta cuando lloro /Soy verde verde cuando respiro / Soy ocre cuando espero y roja cuando quiero”. O bien: “Paso firme / descarnado/ fragante humo/ de un dios pequeño” y “Cose sombras mi memoria/ agota acá, hoy y huye, negada”.
Si por sí mismas las escuetas frases ya implican una interpretación y una lectura anímica, más aún cuando interactúan con las orillas desgarradas de los jirones de sus antiguas acuarelas, cuando hay que leerlas a través de la propia transparencia de su trazo manuscrito: “Arrastra el día con su cortejo de color/ estrena la noche/ y al fin/ empiezo a vivir”.— María Teresa Mézquita Méndez para “El Macay en la cultura”
Pintura del texto. Antonia Guzmán comparte su obra de dos disciplinas.

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