El Macay acoge imágenes de la Pachamama
El continente americano y su diversidad y sus grandes contradicciones parecen nunca terminar de descubrirse.
Sorprende por sus cúspides de belleza y dolor, por insólito y abrumador, por generoso, por aún inexplorado, por incomprendido, por imaginado. Nos preguntamos si así como es, como lo habitamos, se estará haciendo viejo este “nuevo continente”.
Por cierto, “nuevo” ¿según quién…? si es tan viejo como la Pangea.
Y viejos son también los rituales, las creencias, los principios que cada colectivo humano prefigura, imagina y construye para explicar la naturaleza más allá de sus alcances.
En Sudamérica, específicamente en Bolivia, en la Isla del sol, “se encuentra una estructura ritualista llamada la mesa de sacrificios. Actualmente en ella se realizan sacrificios en fechas especiales de la llama, animal sagrado aymará en honor a la madre tierra o Pachamama”. Así explica Hugo Borges, el artista visual cuya obra hoy está presente en el Macay, la figura de un altar, motivo fotografiado que da título a toda su colección y que consiste una serie de imágenes en blanco y negro realizadas con técnica digital en el que recorrió pueblos originarios de Argentina y Bolivia, atrapó los rostros, paisajes y espacios de sus habitantes y los condensó en una intensa colección fotográfica que parece recordarnos que allá al sur hay individuos y pueblos que comparten con nosotros que estamos aquí a la mitad del continente, una esencia antigua de idiosincrasia que nos hermana por nuestros pueblos indígenas mexicanos.
En ellos, en los del sur, reconocemos por las imágenes de Borges las mismas circunstancias de desventaja, explotación, desolación y a la vez ancestral tradición con las que aquí convivimos -muchas veces sin ver- todos los días.
La colección de Borges, instalada en las salas 4 y 5 del Macay, donde permanecerá hasta diciembre próximo, se compone de 30 imágenes fotográficas recogidas por el autor en 2008 y 2009. Documentales y de gran calidad técnica, no son fotografías condescendientes ni parecen tratadas o editadas. Ni artificiales, ni voluntariamente amables con el espectador, las imágenes son más bien claras y directas, y ponen el dedo en la llaga: desnutrición, trabajo infantil, explotación minera, pobreza. Pero también muestran sabiduría y tradición, descubren la naturaleza cómplice, a veces indomable de las altas tierras americanas o preservan como documento eternizador escenarios y escenas que podrían extinguirse.¿Quiénes son los hijos de la Pachamama? Lo son estos habitantes de Tucumán, Salta, Jujuy, Quiaca, Villazón, Uyuni, Potosí y La Paz que Borges ha retratado, lo son también los representantes de las etnias aymara y quechua, “víctimas -dice el autor en su hoja de sala- de 500 años de sufrir la explotación de los imperios del primer mundo”.Acostumbrados por un lado a la gran distancia que hay entre Sudamérica y nuestras tierras y, por el otro, endurecida nuestra sensibilidad, a fuerza de ver desgaritada esa marginación y esa pobreza en la calle, en la esquina, en la escuela, en las tiendas, en los cinturones de miseria de nuestras ciudades o en los poblados más pequeños de nuestra geografía, abrir ahora una ventana a los otros (que son como nosotros) es una oportunidad más para empezar a reconocernos como hijos también de la Pachamama, de la misma madre tierra de la que todos salimos y a donde finalmente hemos de volver.- María Teresa Mézquita Méndez

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