Rafael Lozano-Hemmer y el arte relacional multimedia

Rafael Lozano-Hemmer y el arte relacional multimedia

¿A qué suena la canción más antigua de la Historia? ¿La has escuchado? Suena a torpeza. A torpeza sumeria. También suena a hogar, a alivio. A torpe alivio mesopotámico. Ya sé que es improbable que te sientas aliviada cuando te digo que te sentirías aliviada si la escucharas, pero te sentirías aliviada, lo juro.

Sumeriamente aliviada. Por supuesto que la canción más vieja de la Historia no suena a la canción más vieja de la Historia: suena a lo que podemos hacer ahora con lo que creemos que es la canción más vieja de la Historia, pero con sintetizador. Todo es una versión de otra cosa. Una repetición. Aunque no hay manera de saberlo. El conocimiento es un acto de fe. ¿Me crees? La canción más vieja de la Historia no suena a Wagner, como hubieras seguramente argumentado: tú y tus esquemas de lied y aniquilación. La canción más vieja de la Historia suena a blues, ¿a qué más? A torpes esclavos sumerios tostados al Sol tras una reja una calurosa tarde en el bayou surasiático.

Y va más allá: si tuvieras las notas musicales de esta pieza puestas en un pentagrama y trazaras curvas desde el fondo hasta cada uno de los puntos, podrías notar lo parecido que es a un electrocardiograma de cualquier paciente con depresión clínica. O melancolía. O anhelo de lo inasible pero profundamente deseable pero profundamente inconseguible pero eternamente maleable.

Lo que quiero decirte es lo siguiente: la canción más vieja de la historia ya no es lo que era y no sabremos exactamente lo que fue. Se interpretó un papiro con instrucciones más o menos interpretables y se ajustó al sistema —ahora— universal de los sonidos y silencios. Te envié una copia en un casete, sería extraordinariamente conveniente que lo escucharas mientras lees esto. Me harías muy feliz, aunque no tenga manera de saberlo. ¿Tienes cómo reproducir un casete? La canción sonará diferente ahí, la pieza cambia dependiendo del formato de reproducción y de las condiciones del lugar y de la calidad auditiva del escucha. Siempre es la misma pieza. Pero siempre se escucha diferente. Aunque eso sí: deja impresiones en la memoria cada una de las veces. Las impresiones trascienden. A veces.

¿Te conté de aquella vez en el museo y las “33 preguntas por minuto”? Fue una experiencia única. Literalmente: 21 pequeñas pantallas LCD empotradas en la pared y conectadas entre ellas, dando la impresión de una red neuronal. Las pantallas están programadas mediante algoritmos que permiten combinar palabras de un diccionario y generar hasta 55 mil millones de preguntas al azar; 33 preguntas por minuto es el promedio de legibilidad para una persona que sabe leer.

El sistema tardaría unos 3,000 años para terminar de hacer todas las preguntas que es capaz de hacer sin repetirlas. Más o menos la edad de la canción mesopotámica de arriba. Tras el output de información en la última pantalla, los espectadores (que no son sólo espectadores, sino parte integral de la obra y su significante) tienen la oportunidad de escribir una respuesta a la pregunta en turno. La velocidad con la que deben escribir impide que racionalicen la respuesta, ésta se proyecta inmediatamente en una de las pantallas y el sistema la registra. ¿Alcanzas a dimensionar el asunto?

El autor, Rafael Lozano-Hemmer (ciudad de México, 1967), fue el responsable también de aquella instalación llamada “Alzado vectorial (1999)”, ¿la recuerdas? Fue encargada como parte del recibimiento de la ciudad al nuevo milenio: cualquier persona podía controlar, por medio de internet, cañones de luz antiaéreos sobre el zócalo de la ciudad. Si bien el resultado visual podría parecerte caótico, tienes que admitir que el tipo ha llevado el asunto “interactivo” a niveles insospechados. Ya sé qué me vas a decir, que todo arte es relacional. Y tienes razón. Al menos en el asunto del significado final, tras la interpretación a veces social y a veces personal. Pero no es lo mismo: un Pollock se queda ahí, estático, disponible para ti y tus filtros interpretativos; no lo puedes tocar, no estableces un diálogo, no creas un impacto junto con la obra en ninguna de las cuatro dimensiones. Lozano-Hemmer hace evidente lo que ya es evidente en la sociedad multimedia del día a día pero en un ámbito que parecía insospechado y lo maximiza. El arte va siendo menos arte en la medida en la que no se establezca una interacción con éste. ¿Te parece demasiado posmoderno? ¿O llamarlo así es una paradoja de la etiqueta? La vida siempre ha sido multimedia.— Ricardo Javier Martínez Sánchez para “El Macay en la cultura”

Fuentes: Diario de Yucatán