Jaime Barrera: “Mi pintura ya no es bonita”

Jaime Barrera: “Mi pintura ya no es bonita”

Con el tiempo, la obra pictórica de Jaime Barrera Aguilar ha cambiado.

Ahora es más difícil de entender, menos accesible. Escuece ciertas miradas por no ser amable, ni suave. Por tener texturas agresivas, áreas tan oscuras y rincones violentos. Le han dicho que su pintura “ya dejó de ser bonita”. ¿Por qué? Para responderse, su memoria se remonta a su primera exposición, 20 años atrás, en el salón cultural de la Facultad de Contaduría y Administración de la Uady.

“Creo que ya no es ‘bonita’ en el sentido que me he distanciado de aquellos tiempos, dos décadas atrás, cuando usaba sólo colores armoniosos y suaves, y combinaciones descansadas para la vista”.

En realidad hace tiempo que Jaime Barrera comenzó a indagar en su propio lenguaje abstracto, cada vez más lejos de las combinaciones que podrían describirse como cómodas y, digamos, “digeribles”. En el camino ha trabajado series homogéneas en búsqueda de una consistencia discursiva y ha experimentado con gran libertad en el uso de sus recursos favoritos: las texturas, los engobes, el dripping…

Y ahora, con “Atmósferas y vapores” instalada en la sala 10 del Museo Fernando García Ponce, la expectativa de Barrera Aguilar es precisamente crear una especie de “vapor” en la atmósfera de su serie pictórica, que descanse, como un velo de misterio, del tradicional abigarramiento de su lenguaje compositivo, generalmente saturado de elementos, un suerte de “horror vacui” contemporáneo.

Sin embargo, él mismo lo ha comentado, en esta exposición no ha alcanzado del todo ese objetivo. Así que como tarea pendiente para próximas series quedará el continuar con este proceso que ya ha comenzado, de despejar los espacios que generalmente suele construir, como miniaturista, sin dejar al azar ningún resquicio. En suma, será un tránsito seguramente interesante para el artista el desarmar ese andamiaje estructural de elementos visibles y procedimientos invisibles para encontrar un camino de resolución donde una atmósfera más neutralizada sea el motivo predominante.

Y esto no será, explica, un desandar sobre lo andado sino estar de vuelta, que no es lo mismo. Uno de sus cuadros, “Atmósfera naranja”, es quizá el más logrado en ese tenor, atravesado apenas por un sutil trazo turquesa que aísla una zona de vacío, de aire, entre áreas de resolución más tupida, de entrecruces cálidos y pardos. Por el contrario, otros, como “Atmósfera borrascosa” y “Atmósfera siniestra”, son una vez más esta suma de complejidades, entresijos, elementos gestuales, veladuras y combinaciones de texturas, capas intercaladas, esgrafiados, líneas, drippings, goteos, engobes y grafismos. De repente, el pintor resignifica el fondo endurecido de sus botes de pintura, que arranca de las latas y luego pega sobre sus lienzos: reductos sólidos, abultados testigos de horas de experimentación y juego colorido.

Por todas estas búsquedas y sus resoluciones prácticas es por lo cual Jaime Barrera comprueba hoy día que su producción ha adquirido un temperamento diferente, muy lejano de aquellas “pinturas bonitas” a las que nos hemos referido (postura que por cierto merecería reflexionarse y estudiarse… ¿por qué seguimos pensando así en un contexto como el nuestro, más de un siglo después de la aparición del lenguaje de la abstracción?).

En suma, ha hallado una técnica propia de trabajar, sin boceto ni esquema previo, donde la construcción mental, dice, se traduce en obediencia a los impulsos gestuales y anímicos del momento, cosa que ha permitido alcanzar mayor carácter, complejidad y profundidad. Es una búsqueda personal más íntima.

Sin embargo, apuntamos, el resultado de su trabajo no permite identificar elementos azarosos ni descuido. Los lienzos lucen controlados y sin desbordamientos y en los que acude a claros recursos acuñados en el plató de la producción pictórica de las vanguardias abstractas del siglo XX.

Destacan por ejemplo, las epigrafías ilegibles que surcan varias de sus obras: no tienen significado pero parecen letras, ejercicios caligráficos, y en realidad, aun sin lectura, cobran sentido al entenderse como garabatos de un lenguaje sígnico que sólo traduce la intención gestual del artista al momento de crear. No hay más qué leer detrás de ello.

Barrera ha expuesto anteriormente en el Macay, pero en esta ocasión la sala 10 fue la que requirió de su esfuerzo una producción cuantiosa: 20 lienzos de grandes dimensiones, realizados con técnicas mixtas entre las que sobresale el uso del acrílico. La mayoría corresponde, como se ha dicho, a sus indagaciones de 2015, hay dos collages-homenaje y también hay algunos de años anteriores, que permitirán al espectador contrastar ese paulatino proceso de transformación, en fin, respirar en la atmósfera de este pintor yucateco y el gozo de su experimentación perenne.— María Teresa Mézquita Méndez

Fuentes: Diario de Yucatán