Otto Bauerle y “Donde el tiempo no pasa”

Otto Bauerle y “Donde el tiempo no pasa”

¿Te has preguntado por qué nos gustan tanto las fotos? ¿Y los vídeos? ¿Y las grabaciones? ¿Y cualquier evidencia del pasado, lo más pura posible? Antes de que Thomas Alva Edison pudiera grabar sonidos o de que los Lumière pudieran grabar imágenes en movimiento o de que el daguerrotipo se comenzara a popularizar entre los nobles europeos, lo único que teníamos eran las letras, y la música escrita que esperaba a ser reinterpretada, como los recuerdos: están ahí, escritos en un pentagrama esperando a que la orquesta del día los toque de nuevo, un poco diferente cada vez.

Y la pintura, teníamos la pintura. Imagina la primera vez que alguien pudo escuchar su propia voz repetida, una, dos, tres, cien veces saliendo de una pequeña trompetita en un aparato venido como del demonio. ¿Te das cuenta del impacto? ¿Cómo hacía la gente para no preocuparse por perder la voz?

Estuve viendo fotografías tuyas. Me sobrecogió una sensación de cierta envidia velada. Lo que al inicio parecía una simple actividad de regocijo estético se fue convirtiendo en una experiencia de robo; de anhelo deseado en otra época, de otros años, de otras personas. Otras personas que te vieron ahí; que te tocaron en esos escenarios que desconozco; otros escenarios que te hicieron reír, que te hicieron llorar, que te hicieron brincar.

Sucede que el tiempo sucede siempre de la misma forma; pero también sucede que el tiempo parece suceder de maneras distintas dependiendo de la unidad de medida que le asignemos. Parámetros o momentos o escenarios o secuencias visuales completas pero singulares o melodías y armonías abrazadas y caducas; perecederas como todo lo que se abraza. Sucede que el tiempo sucede y no importa lo que suceda, el tiempo es la constante, quiero decir: lo demás es una añadidura. El tiempo es una paisaje moviéndose; un fluido multiforme en donde se pegan un montón de figurillas: ahí están los tornados y los besos y las hecatombes y los roces y los caballos y los pastizales y los hombres necios y las mujeres esquivas y los niños llorones y las trompetas en el cielo y los dioses muertos y la sopa caliente y las mañanas húmedas y los orgasmos secos y las insatisfacciones seculares y los espejos eternos y los futuros nebulosos y los pasados trágicos y El Tiempo mismo con forma de Tiempo Pasado que quiere ser Tiempo Futuro pero no se encuentra nunca.

El Tiempo es el tema de Otto Bauerle (Mérida, Yucatán, 1962) en su última exposición. Por supuesto que no es sólo el “Tiempo” (que lo abarca todo, ya sé que lo sabes) sino las otras dimensiones por donde se escabulle: la geografía, la gente, los motivos, las intenciones, las urbes, el Otro Tiempo. “Donde el tiempo no pasa” parece referirse más a la idea de mostrar un lugar inespecífico en donde el tiempo aspira a ser detenido: treinta y cinco fotografías y algunos textos conectados con las imágenes forman, finalmente, un lugar en el que efectivamente el “Tiempo” no pasa pero es tangible: la galería.

No sé si estés al tanto del gran invento que ha sido la fotografía. Con el uso de todas las tecnologías de hoy en día uno puede perder piso: somos capaces de abstraer un momento; de sacarlo de su sitio y de su flujo natural e imprimirlo y mirarlo de nuevo cuantas veces nos sea posible. ¿Cómo puedes vivir tan tranquila sabiendo lo anterior?

Bauerle, con un gran sentido conceptual, entiende a la perfección el milagro de la fotografía y lo convierte en un acto lúdico pero laborioso. Para poder integrar esta exposición, el fotógrafo tuvo que hacer innumerables viajes, adaptarse a geografías tremendamente complicadas y hacerse un elemento más del paisaje en lugares desconocidos. El resultado es una exposición en donde si bien el “Tiempo” es el vínculo que quiere ser paradójicamente negado, el nexo real es la gente: todas las fotografías contenidas en la sala remiten a alguna actividad humana, a alguna dinámica implícita, a algunos motivos secretos. Y no es una cuestión puramente interpretativa: cuando la visites, pon atención a los textos que acompañan a algunas de las fotografías: el acompañamiento poético y verbal de las imágenes le otorga la atmósfera del “Tiempo” romántico y contribuye al vínculo que le da verdadera cohesión a la obra.

“Donde el tiempo no pasa” forma parte de las exposiciones de la temporada enero-marzo del Museo Fernando García Ponce–Macay. Se visita de miércoles a lunes.— Ricardo Javier Martínez Sánchez

Fuentes: Diario de Yucatán