Te voy a decir algo, pero no lo repitas: creo firmemente que el mundo se cae a pedazos. No solamente en los días malos: todos los días; todos los años; todo el tiempo. Ya sé que a veces no soportas el nihilismo crudo, y no es mi intención atosigarte con bombardeos negativos sobre el porvenir, pero necesito contarte esto, porque, ¿cuáles eran las probabilidades? Soñé con un bosque negro. Y al bosque lo cruzaba un río igualmente negro. Y yo no sabía qué hacía ahí, pero sí sabía que no estabas tú. Y como no sabía qué hacía ahí y no estabas tú, decidía caminar. Y caminando, los pies se me quedaban estancados, de a poco, en el suelo; porque no había pasto, ni hojarasca: había un humus de chapopote. Y en ese momento pensé que nada podía crecer ahí, y luego pensé en cómo crecían esos árboles entonces. Acto seguido, con los pies pesadísimos, me dirigía a uno de los árboles, y cuanto más me acercaba más se expandía, hacia todos lados, hacia todas direcciones. De tal modo que cuando al fin alcancé la corteza del tronco, éste se había convertido, no sé cómo, en una muralla inmensa: una pared altísima y anchísima de pura madera; madera viva. Y arriba, en la copa, se esparcía el follaje, comprendido por hojas que sabía eran pesadas pero parecían livianas al mismo tiempo, cada una más negra que la anterior. Como si Saint-Exupéry hubiera diseñado un baobab siniestro en el cual algún príncipe huérfano hubiera podido postrarse a llorar; para siempre. Entonces me inundaba una tristeza y angustia indescriptibles, y me decidía a abrazar al árbol, y expandía mis brazos inútilmente para intentar abarcar el tronco en su totalidad, y el bosque comenzaba a sollozar, con una armonía repetitiva y exasperante que lo atravesaba todo; que lo inundaba todo. Entonces mi ángulo de visión en el sueño se comenzó a abrir y yo era una irrisible figurilla crucificada y empotrada en la enorme pared. Y me moría de miedo, por todo el bosque y porque no estabas tú.
El asunto que me parece increíble es lo que me encontré algunos días después: una particular instalación en el patio interno del Museo Fernando García Ponce-Macay. Héctor de Anda (Jalisco, 1950) la llama “Bosque” y es parte de “Futuro próximo/Pasado remoto”: un espacio delimitado geométricamente con paneles blancos que apenas permiten ver conjuntos negros y redondeados desde afuera, si miras por encima. Para inmiscuirte en la instalación debes entrar al Lugar. ¿Creerás lo que me encontré ahí? Un bosque negro, con el piso negro y el contexto en negro sobre un fondo blanco. Apenas pude soportar gritar como reacción; por eso me llevé las manos a la boca; por eso los otros paseantes del bosque se me quedaban mirando.
Resulta que el bosque de Héctor de Anda, además de negro, es plástico. No hablo del adjetivo, hablo del material: el piso negro está constituido por nailon, lo mismo que las copas de los árboles: decenas de bolsas negras para basura rellenas de papel periódico, todas emergiendo desde el centro. No lo vas a creer, pero la basura forma una textura exquisita, cuasiorgánica. De modo que cuando me quedé un poco solo comencé a acercarme, temerosamente al tronco de uno de los árboles artificiales; para mi suerte el tronco no se expandió infinitamente. Lo que sí lo hacía era la musicalización de la instalación: una pieza de Philip Glass que se repite una y otra y otra vez, que provoca cierta irritación: la aliteración musical sirve de vehículo para una visión apocalíptica. En el fondo del bosque ocurre un vídeo que muestra un río arrastrando bolsas y basura, un río simbólicamente negro. Y la gente se pasea, te lo juro, como si fuera una atracción. Y en cierta medida lo es. Pero supongo que también es una advertencia, una hipérbole del presente, una aproximación al futuro. ¿A quién se le iba a ocurrir que el locus amoenus por excelencia se convertiría en una pesadilla plástica? ¿Cuáles eran las probabilidades? Ahora que te escribo, ya no estoy muy seguro de qué ocurrió primero. Déjà vu. Me pasa cada vez más seguido. ¿Y si mi pesadilla no ocurrió primero y fue el bosque de Héctor de Anda lo que hizo maquinar mi inconsciente? ¿Y si la pesadilla y la visión son conjuntas? Arquetipos del apocalipsis. ¿Los tienes tú? Para Héctor de Anda implica un bosque plástico. Para mí implica un bosque donde no estás tú. Poca cosa.
“Futuro próximo/Pasado remoto” forma parte de las exposiciones de la temporada enero-marzo del Museo Fernando García Ponce– Macay; puede visitarse de miércoles a lunes.
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Un bosque negro y sueños plásticos

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