Colectivo en línea y enajenado. El superconsumo digital visto en un mundo de arcilla

Colectivo en línea y enajenado. El superconsumo digital visto en un mundo de arcilla

Éste es Luis. Lleva en la mano derecha una versión cuasimoderna de un smartphone y con rapidez de prestidigitador dispara mensajes a sus invisibles interlocutores, uno en WhatsApp y otro en Messenger… mientras revisa las últimas imágenes de sus coseguidores en Instagram. Luis reacciona: se ríe, se enoja, se interesa, responde.

Ésta es Julia. Acaba de abrir su flamante y esbeltísima Apple MacBook. A la máxima velocidad que la conexión de internet le permite, navega por páginas de consulta, descarga imágenes y vídeos y prepara frenéticamente su presentación para mañana. Éste es don Germán. No está seguro de haber hecho lo correcto cuando aceptó que sus hijos reemplazaran su viejo Nokia tan fácil de manejar por este Galaxy en el que no entiende nada. Con temor primero e interés después descubre la cámara fotográfica. Hace una selfie. Le parece divertido enviarla al grupo de su familia: “Saludos, hijos, aquí aprendiendo a usar este aparatito…”.

¿Nos suena familiar? Seguro. ¿Creemos conocerles? Quizá. ¿Somos nosotros mismos? Muy probablemente sí. Esta visión de la dependencia a los dispositivos electrónicos, móviles y personales es la propuesta de la exposición e instalación “Disconnected Colectivo” de Gabriel Niquete, instalada en la sala ESAY del Museo Fernando García Ponce-Macay.

La exposición, como ya se ha informado, parte de la vida cotidiana y aborda la dependencia del ser humano de los dispositivos móviles. La obra se integra de alrededor de 60 pequeñas piezas antropomorfas, modeladas en arcilla, que muestran a personajes en interacción con “teléfonos inteligentes”, tabletas y computadoras, en actitudes y modos de relación que cada vez son más comunes en la vida diaria.

La reflexión del joven Niquete es puntual y transparente: el superconsumo digital se cuela en la vida diaria, acompaña desde los hábitos cotidianos hasta los gestos más pueriles, o los momentos más importantes del ser humano. Gestos como tomarse una selfie con amigos, registrar el precio de un producto en una tienda, reconocer cómo se llama la canción que estamos escuchando, tomar la medida de la distancia de un objeto, llegar a una dirección desconocida gracias a las instrucciones que recibimos de una voz de androide femenino en nuestro celular son sólo atisbos a la dependencia e interacción con el espacio virtual.

Esto se traduce en una estética diferente y una percepción del “otro conectado” que ya se ha normalizado en nuestro paisaje cotidiano. Los personajes de Niquete —como Luis, Julia o don Germán, nuestros ejemplos del principio— lucen largas trompas que aproximan los inexplicables rostros a los dispositivos y parecen habitantes indiferentes de un micromundo apocalíptico. Así vemos en el cine, en un partido de fútbol, en algunos espectáculos, en medio de la oscuridad, los rostros semiiluminados de tantos asistentes quienes al mismo tiempo “están” en otro lugar muy distante de la sala del cine, del estadio, del teatro. El objeto “inteligente” permite la relación con un mundo virtual cuya existencia permanente, simultánea y paralela a nuestro mundo real es tan importante —a veces más— como la relación física del lugar en el que estamos.

Y, finalmente, la noción de colectividad a la que el autor alude en el título es tanto o más importante que el hecho de estar —y ésa es la principal reflexión a partir de la exposición “Disconnected Colectivo”— inevitablemente “en línea” con una nueva realidad que nos posee y cuya injerencia en nuestra vida diaria parece ya no tener marcha atrás.

Fuentes: Diario de Yucatán