La magia de poder flotar

La magia de poder flotar

Tomás Saraceno (Tucumán, 1973) es un mago. Un chamán contemporáneo que juega, ambiciosamente, a curarnos las insatisfacciones, ora seculares, ora espirituales. De a poco pero en mayor medida cada vez.

Cuando a Georges Méliès le dejó de alcanzar el teatro y comenzó a experimentar con el cinematógrafo, sabía que estaba por instaurar un nuevo paradigma; no esperaba terminar vendiendo juguetes, pero el trabajo estaba hecho: el cine se había inaugurado como un entretenimiento masivo, un escaparate de fantasía colectiva, el producto y la obra de un mago, nada más y nada menos. Lo mismo ocurre con Saraceno: Cuando la arquitectura le dejó de ser suficiente, comenzó a jugar y experimentar con otras disciplinas: la aeronáutica, la química, la aracnología, la física, la ingeniería. Y los resultados han sido, como con Méliès, espectaculares.

Permiso para hacer una aclaración: el parangón entre el cineasta y el artista argentino y su justificación respecto a su espectacularidad no debe leerse a la ligera; superfluamente, quiero decir. Lo que hizo de la espectacularidad de Méliès algo trascendente en la historia de la naciente disciplina cinematográfica fue la combinación de otras disciplinas; el hambre de experimentación; el deseo de brindarle al público algo siempre sorprendente, algo abrumador; algo fantástico que pudieran revivir en sus ensoñaciones y fantasías venideras. Lo de Saraceno es particularmente similar: además de la apreciación artística y el uso de técnicas que en su combinación podrían pensarse incompatibles, sus obras resultan en una experiencia-espectáculo abrumador y fantástico para sus visitantes; los productos no sólo se pueden apreciar de manera visual o plástica (los ángulos de apreciación que permiten sus instalaciones son, a veces, infinitos), se deben experimentar; sólo de esa manera se apreciará la obra como un todo.

La obra que le brindó los reflectores que aún lo tiene en la mira internacional tuvo lugar en 2013, en Düsseldorf. “In Orbit”, una estructura sencillamente monumental: tres niveles de redes de acero suspendidas a más de 20 metros del piso, bajo una cúpula de cristal; 2,500 metros de estructura y seis esferas de 8.5 metros de diámetro llenas de aire: esferas y redes por las que los visitantes podían pasear libremente.

Además de la sensación particular de estar “flotando”, los visitantes experimentaban la sensación que sólo brinda la perspectiva desde niveles estructurales diferentes: la textura de las redes va desapareciendo mientras la visión se aleja de éstas, por lo que la fantasía de la ingravidez se vuelve más real con la distancia entre el foco y el espectador.

Uno no puede dejar de pensar en la representación simbólica de la instalación ya funcionando: se pueden asumir alegorías sociales, de comunicación, de astrofísica y alegorías evidentemente naturalistas. La instalación como un área de juego. El área de juego como instalación. La ingravidez como metáfora del mundo. El mundo como metáfora de la ingravidez. Las redes como sostén del mundo.

Las redes como representación del universo. Si pudiéramos unir planetas, estrellas y galaxias en un enorme mapa que nos permitiera hacer los trazos correspondientes, probablemente terminaríamos realizando un entramado terrible por su complejidad. Un estudio sobre puntos, aristas, espacios y formas en el universo. Más o menos como “14 billion (Working Title)”, obra del argentino que comenzó a exhibirse en 2010: un estudio sobre la telaraña de la Viuda Negra, en una escala monstruosa. La telaraña, tridimensional, por supuesto, está compuesta por soga y ligas negras, ganchos y amarres que inundan la sala, todos conectados. La sensación no es temerosa por estar en medio de la telaraña de una terrible Viuda Negra: la sensación es la de estar en un lugar específico de un estudio sobre el espacio y su representación geométrica. El macrocosmos se convierte en microcosmos y viceversa.

Saraceno hace de la ciencia algo espectacular. Del arte algo natural y de la combinación algo mágico. Algo chamánico. Un adelantado.

Fuentes: Diario de Yucatán