El libro y tres muertes

El libro y tres muertes

Una coincidencia fortuita, una discrepancia calendárica, cuatro siglos, muchas, muchísimas palabras y un pasado remoto aunque muy contemporáneo acuden, tan sombríos como festivos, a la celebración del Día Mundial del Libro y del Derecho de Autor, nombre que la Unesco eligió hace 20 años para denominar la conmemoración del 23 de abril.

Se habla de una coincidencia fortuita y una discrepancia calendárica porque, como sabemos, mientras en el tránsito del 22 al 23 de abril del calendario gregoriano de 1616 agonizaba en Madrid don Miguel de Cervantes “… más versado en desdichas que en versos”, también moría el día 23, en la andaluza Córdoba, el inca Garcilaso de la Vega, muy lejos de su natal Cusco.

En Inglaterra, el calendario Juliano igualmente marcaría en día 23 el fallecimiento de otra gloria de las letras, en este caso en el ámbito anglosajón: la de William Shakespeare (que para el gregoriano correspondería al 3 de mayo) y mereció del buscador Google un doodle conmemorativo, y no don Miguel… Sus razones tendrá.

Con estos antecedentes, la Unión Internacional de Editores propuso a la Unesco la denominación del “día del libro” para esta efeméride, que ya cumplió dos décadas de creada pero que particularmente en este año 2016 se reviste de especial significación al cumplirse cuatro siglos del fallecimiento de los tres grandes autores.

En Yucatán, por cierto, la Liga de Acción Social ha celebrado cada 23 de abril, desde hace más de 100 años, el Día del Lenguaje en memoria del fallecimiento del autor de “Don Quijote” y en homenaje al digno ejercicio de las letras españolas e hispanoamericanas.

Otros actos de memoria, todos relevantes, se unieron al acontecimiento, como las festividades de San Jorge (el popular Sant Jordi catalán, ayer Día del Libro y de la Rosa), y la entrega del Premio Cervantes en Alcalá de Henares, la ciudad natal del “Príncipe de los Ingenios”, otorgado anteanoche al mexicano Fernando del Paso, quien nuevamente, en su discurso de recepción, nos recordó a los mexicanos que cada vez nuestro país se desmorona más y más, víctima del poder, sí, pero también de nosotros mismos.

En medio del desconcertante calendario internacional que ha nombrado “Día de…” a innumerables fechas para innumerables motivos de toda naturaleza —con el riesgo natural de la pérdida de sentido para tantas conmemoraciones—, el 23 de abril sobrevive aún con su significado, en tiempos en los cuales el mercado del libro afronta serias crisis y el ejercicio literario se obliga a reinventarse hacia nuevos lenguajes y soportes.

En México el terreno es aún muy árido y sin horizontes claros entre la convivencia del discurso reiterativo del país de los no lectores (y país del hambre, la pobreza y la violencia), con el del país de la desafortunada receta de los “20 minutos de lectura al día” y con el del país donde la educación se supedita a la capacitación y el adiestramiento.

Sin embargo, es significativo que a la par que todo lo anterior el libro se reinvente también, y además de migrar en su naturaleza original, prístina, a soportes no tangibles a través de lectores virtuales, kindles y otros recursos, vuelva también particularmente la mirada al pasado e indague en el territorio de lo tangible, lo manual, lo sensible.

Así, desde hace varios años han cobrado interés en los creadores visuales los “libros objeto” o “libros de artista” de carácter experimental, realizados a mano, uno por uno y de manera exploratoria, fruto de un proceso previo, ya sea intuitivo, de investigación o reflexivo, a manera de bitácora de las emociones. Técnicas antiguas y nuevas tecnologías pueden darse la mano en sus páginas y brindar a quien lo observe una experiencia multisensorial, tanto visual como táctil.

Por otro lado, editoriales contemporáneas como Maxtor, Moleiro y Vincent García Editores, entre otros, imprimen facsimilares de antiguos volúmenes y nos acercan a los incunables y manuscritos medievales, a la venerable tipografía de siglos pasados, a las cajas de texto “a la antigua”, a términos en desuso y a conocimientos que, aun superados, tienen valor desde la siempre vigente perspectiva de la nostalgia. Esta posibilidad de reproducción que otrora no era factible permite la proximidad con obras que antes se mantenían inaccesibles no por otra condición que por su estado físico, su escasez, su ubicación.

En caminos irreductibles, las voces humanas acumuladas en los libros seguirán su ruta inmarcesible, infinita, imperecedera. En el capítulo LIX de la segunda parte de “El Quijote”, Cervantes pone en boca de don Juan, personaje lector, por cierto, de la primera parte en el relato, una simbólica respuesta a quien lo inquiere: “¿Para qué quiere vuestra merced, señor don Juan, que leamos estos disparates? Y el que hubiere leído la primera parte de la historia de don Quijote de la Mancha no es posible que pueda tener gusto en leer esta segunda”.

“Con todo eso, dijo el don Juan, será bien leerla, pues no hay libro tan malo que no tenga alguna cosa buena”.

Fuentes: Diario de Yucatán