Manipulación a flor de piel en el bioarte

Manipulación a flor de piel en el bioarte

Cuando la gente habla sobre la imposibilidad de lo nuevo, sería prudente pensar que, en realidad, no habla del universo allá afuera: sino que habla de su universo, allá adentro. Es probable que cuando se refieran a la imposibilidad de lo nuevo lo hagan apuntando hacia alguna actividad o disciplina específica, haciendo una hipérbole para otorgarle un valor pesimista al mundo. A su mundo. Afortunados nosotros, que tenemos al arte para no morir de la verdad.

Ningún otro campo busca lo nuevo como lo hace el artístico. Ninguno. Durante las últimas dos décadas y el enorme salto científico que implicó la investigación genética y la nanotecnología, el campo artístico ha virado su mirada hacia esos avances en pos de su utilización como herramienta y como medio, dando resultados variopintos e impulsando una discusión ética que no sólo le confiere al arte y sus disciplinas un valor social agregado, sino que plantea la posibilidad del regreso a lo ortodoxo como una manifestación —oh, la ironía— de auténtica trasgresión.

Cuando Eduardo Kac (Río de Janeiro, 1962) presentó en Avignon, Francia, en el año 2000, a “Alba”, el mundo artístico y la biogenética se encontraron, si no por primera vez, sí de manera apabullante: Kac manipuló genéticamente a un conejo y le insertó el gen de proteína verde fluorescente de una medusa. ¿El resultado? Un conejo blanco que se mira verde bajo luz ultravioleta. Uno tendría que preguntarse si estamos ante una obra de arte viviente o ante una motivación de sensacionalismo y subversión orgánica.

Si los conceptos éticos sobre manipulación genética son aplicados exclusivamente para la experimentación en pos del avance médico y tecnológico… ¿deberían aplicarse también para el arte, un campo que ha apuntado hacia lo lúdico?

Para 2003 fue presentado el proyecto “Pig Wings”: tres pares de alas creadas con tejido orgánico a partir del cultivo de células de hueso de cerdo. Oron Catts e Ionat Zurr, los creadores, argumentan el absurdo de su obra como el resultado de las nuevas posibilidades que otorgan los avances de manipulación genética en otras áreas además de la médica: tras el torrente de cerdos manipulados con el fin de utilizar sus órganos para trasplantes en seres humanos, viene también el espacio para imaginar y crear quimeras orgánicas sin ningún fin útil; quimeras palpables; quimeras que dejan de ser quimeras porque están en una caja de Petri.

Consecuencia de la hipermodernidad, pareciera que el artista busca lienzos, espacios, materiales nuevos nunca antes utilizados para el fin, improbables.

Ante la pérdida de la espiritualidad y el avance de la ola mediática como única religión globalizante, comenzamos a dejar de preguntarnos sobre la existencia de dios y comenzamos a preguntarnos si nosotros podemos ser, efectivamente, ese mismo dios que no encontramos en otro lado.

El asunto de vital discusión es si lo anterior le compete al arte o a la medicina, a la religión, a los debates pura y llanamente filosóficos o si, con el transcurrir inexorable de la hipermodernidad, no queda otro remedio que abrazar la integración de disciplinas y campos tan disímiles en pos de la aparición de nuevas formas y manifestaciones.

Los detractores del bioarte señalan el regreso a lo ortodoxo como probable salvación: un redimirse con las viejas escuelas y la tradición en medio del torbellino que significan la relatividad social y la amalgama plástica de la interpretación artística. Un retorno que se antoja, quizá, próximo.

Como lo es siempre, el eterno retorno.

Fuentes: Diario de Yucatán