Encuentro perpetuo con las musas

Encuentro perpetuo con las musas

En el principio de los tiempos sólo eran el visitador y las musas. Nadie más.

El Visitador (que no era visitador aún, o al menos no lo sabía) se topó con una estructura —aparentemente— abandonada, en medio de una ciudad —que sí estaba— abandonada. Instalado en su sempiterna curiosidad se adentró en el edificio. Pudo ver raíces engullendo las paredes, roedores examinando los alrededores, humedad y moho adornando los revestimientos. Comenzó a irrumpir en distintos cuartos a través de distintas puertas. Galería tras galería fue observando esculturas, pinturas, objetos de guerra; incluso se topó con el cuerpo momificado de lo que según pudo leer, en latín, fue un emperador de alguna lejana nación africana. Anonadado, se acercaba a cada pieza y veía a detalle su manufactura.

Absorto en las venas casi palpitantes en una escultura de mármol que representaba a algún dios en agonía u orgasmo —que son la misma cosa— se sorprendió siendo él también observado. Las musas estaban ahí, en la misma habitación que él, mirándolo de lejos y cotilleando entre sí. Él las miró de regreso: nueve mujeres que se veían como mujeres pero que él sabía que eran diosas o algo parecido. Nadie hubiera podido negar la belleza de las nueve. Pero nadie hubiera podido describir la belleza de las nueve tampoco. Nadie. El Visitador comprendió esto al instante: se sintió atraído de igual forma por las nueve, como si lazos finísimos e invisibles le jalaran con la misma fuerza, al mismo tiempo hacia cada una de ellas. Nueve ovillos inevitables e irrevocables. Y su atracción era erótica, sí; pero el deseo que se apoderó de él al instante no era exclusivamente carnal: por un momento se llenaron todos sus vacíos, al mismo tiempo. Todos. Y la sensación fue tan absoluta y total que no pudo hacer otra cosa que correr. Y corrió y corrió por múltiples galerías, a través de múltiples puertas hasta que, cansado de no encontrar dirección alguna, se arrinconó cercano a un arpa antiquísima hecha de un metal que no conocía. Tan apresurado huyó de las musas que apenas notó que sonaba una melodía que cruzaba todos los cuartos, todas las paredes. Y la música lo llenaba todo también, incluidos sus vacíos. Y con el confort de la música las musas aparecieron de nuevo. Dejándose admirar. Mirando en silencio, confortando en silencio. Y nadie intercambió palabras; al menos no palabras que pudieran ser escuchadas.

Y en la conversación, que ocurrió pero de la que no hay evidencia, el Visitador supo el nombre de las nueve; y se enteró también de sus oficios y aficiones y de cómo, a pesar de su irremediable belleza, también se consideraban malditas: desde el inicio de los tiempos (que no se sabe cuándo fue pero que es la existencia de la memoria misma) destinadas a preservar, provocar e instigar.

Se enteró también que el edificio, con todas sus galerías (que nadie sabía cuántas eran, pero eran muchas), había sido construido por las mismas musas. Muchas veces. Cada vez. Cada evo. Y que a pesar de tener la certeza del abandono irremediable, no podían hacer otra cosa que echarlo abajo y construirlo de nuevo.

Muchas veces. Cada vez. Cada evo. Porque —al fin lo entendió— el mandato providencial no era el de la inspiración humana: la tarea final de las musas era hacer lo imposible por la preservación de la memoria. Por la preservación de las evidencias de la memoria. La memoria colectiva. Las evidencias colectivas del acercamiento a los dioses; del jaleo cuasierótico de cada visitador con una de las musas; o las nueve.

El Visitador entendió también que con esa clase de información nadie podría seguir siendo el mismo; así que como acto de redención, empatía, deseo o soledad hizo un pacto con las musas: él iría a visitar su edificio muchas veces, cada vez, cada evo. Cada nueva re-construcción es una visita obligada: las musas estarán esperando en casa; el Visitador correrá sin dirección, asustado, como la primera vez. ¿Qué más podría hacer si no repetir, errante, la experiencia de la satisfacción total para siempre?

En el final de los tiempos sólo era el museo y el tiempo mismo. Nadie más.— Ricardo Javier Martínez Sánchez 

Fuentes: Diario de Yucatán