Ateneo Peninsualr: Cronista viviente de la ciudad

Ateneo Peninsualr: Cronista viviente de la ciudad

El Ateneo Peninsular aspira actualmente a ser uno de los “7 Tesoros del Patrimonio Cultural de Mérida”, como parte de los festejos por el nombramiento de la ciudad como Capital Americana de la Cultura 2017.

Erigido en el cruce de las calles 60 entre 61 y 63, este recinto con más de 400 años de historia no sólo es piedra fría, como algunos pueden pensar al ver su fachada.

Hay vida en cada uno de los salones, en cada pasillo, en su jardín.

Decenas de pájaros volando entre las copas de los árboles emiten una sinfonía singular que se conjuga con el verde de la vegetación, creando una atmósfera que mitiga el bullicio de la ajetreada Mérida.
El Sol está por ocultarse y mientras bebo la taza de café vespertina trato de comprender cómo en un solo espacio es posible almacenar tanta memoria colectiva.

Testigo y testimonio de la evolución de la capital yucateca, el edificio del Ateneo Peninsular desde el inicio de su construcción, en el siglo XVI, se ha visto inmerso en una serie de transformaciones que le han valido para adecuarse al nuevo entorno y las exigencias de la sociedad.

Sus orígenes se remontan a la etapa colonial, durante el gobierno eclesiástico de fray Diego de Landa (1572-1579), quien mandó construir un recinto especial para el alojamiento de los obispos yucatecos. El edificio de dos plantas, con un patio central y corredores de arcos de medio punto, fue finalizado en la primera mitad del siglo XVII, ya en el período del obispo fray Gonzalo de Salazar (1608-1636).

El Archivo Histórico de Mérida relata que el Palacio Arzobispal estaba conectado a la Catedral por dos capillas: la de San José y la del Rosario. También, y siendo fiel a la costumbre, un huerto con cultivos para el uso doméstico. Algunos testimonios que han sobrevivido al paso del tiempo aseguran que la población podía recolectar alimentos con la venia de los religiosos. Pasó el tiempo y casi doscientos años después, exactamente en 1751, en los patios del Palacio Arzobispal se fundó el Seminario Conciliar de Nuestra Señora del Rosario y de San Idelfonso o Colegio Tridentino.

Diez años más tarde, el inmueble, ahora de dos pisos, comenzaba su labor de instrucción para los jóvenes yucatecos, que no sólo recibían la enseñanza católica, sino que además tenían oportunidad de aprender oficios y profesiones, continuando así su tradición hasta la promulgación de las Leyes de Reforma durante el gobierno liberal de Benito Juárez.

Acabándose su primera etapa como centro educativo, y contrario a lo que se pensaría, el edificio no dejó de servir como aposento de los clérigos, según lo dispuesto por la secularización de los bienes eclesiásticos; el edificio incluso ya era propiedad del Estado. Transcurrió la etapa del Porfiriato y fue hasta 1915, en plena Revolución Mexicana, que el general Salvador Alvarado arribó a la ciudad investido por los poderes extraordinarios que le confirió el primer jefe del Ejército Constitucionalista, Venustiano Carranza y dispuso del Palacio Arzobispal como morada de sus tropas durante seis días (19 al 24 de marzo). A los tres meses Alvarado ordenó la transformación del inmueble para comenzar una nueva era: la del Ateneo Peninsular. Su modernización estuvo en manos del entonces director de Obras Públicas, Manuel Amábilis, quien lo dotó de elementos de la tendencia neoclásica, mismos que pueden apreciarse en la actualidad y nos remonta a esa época en la que todo el centro histórico de Mérida comenzaba a abandonar le etapa colonial para encaminarse en la senda de la prosperidad y bonanza.

Citando nuevamente al Archivo Histórico de la ciudad, el nombre de Ateneo Peninsular es resultado del homenaje hecho a la sociedad de escritores que ocupó el edificio en primera instancia y que posiblemente fueron base para que en 1916, también por mandato de Salvador Alvarado, se fundara la Escuela de Bellas Artes.

Con José del Pozo como director, la pintura, música y literatura fueron algunas de las primeras disciplinas a las que tuvieron alcance los ciudadanos, viéndose beneficiados por las ideas sociales-liberales de la posguerra y que culminaría con la creación de una valiosa generación de artistas yucatecos.

De nueva cuenta, los granos de arena descienden en el reloj para trasladarnos a otra vorágine de cambios en la que el edificio, “cronista viviente de la ciudad”, culmina su segunda etapa como recinto de enseñanza y se convierte en un espacio meramente burocrático, militar e incluso comercial.

Este ocaso fue necesario, pues, como el ave fénix, comenzó a resurgir a principios de la década de los noventa, recuperando el esplendor y vocación educativa que siempre lo ha caracterizado. Fue gracias a la solicitud de la ciudadanía meridana que el Ateneo Peninsular regresó a ser un bastión cultural al crearse el Museo de Arte Contemporáneo Ateneo Yucatán, para posteriormente encumbrarse como Museo Fernando García Ponce-Macay, “Foro de la Ruptura”.

Ahora, por segunda ocasión, Mérida es nombrada Capital Americana de la Cultura por el Bureau Internacional de Capitales Culturales y, junto con el Ayuntamiento de Mérida, emprendió la campaña “7 Tesoros del Patrimonio Cultural”.

El Ateneo Peninsular se posicionó como candidato y será hasta el 30 de este mes que la ciudadanía tendrá en sus manos la posibilidad de apoyar votando por el recinto en el sitio https://miquel10.typeform. com/to/Suxnek.

Con tu voto se destacará al edificio del Ateneo Peninsular por ser parte de nuestra identidad, de la memoria colectiva y del significado que evocan sus blancas paredes que resplandecen desde el primer rayo solar hasta que los pájaros cesan su trinar y regresan a su nidal.— Gibrán Román Canto para “El Macay en la cultura”
 

Fuentes: Diario de Yucatán