Fue un día como hoy, hace 29 años: “El 11 de julio de 1987 (…) moría Fernando García Ponce en su casa de Coyoacán, una casa que él mismo había diseñado y en la que se había refugiado como en un castillo durante los últimos días de su vida.
“En la mañana de aquel día yo entré a su cuarto porque seguían las luces encendidas y lo encontré echado boca abajo, completamente vestido. Lo llamé varias veces pero no pasaba nada. Fue entonces cuando empezó a apoderarse de mí la sensación de que algo andaba muy mal. Me acerqué un poco más, pero no me atreví a tocarlo. Salí entonces corriendo a la casa de mi tío Juan, que vivía a lado.
“Como él no podía moverse debido a su enfermedad, Eugenia la cocinera, quien trabajó siglos para él, me acompañó y ella sí tuvo el valor de tocar a mi padre; ‘está frío’ —me dijo— ‘se está poniendo tieso’… Ya estaba muerto”.
Así comienza un ensayo del investigador Esteban García Brosseau, hijo de Fernando, bajo el título “Reflejos y parentescos”, sobre la obra de su padre, particularmente la de los últimos días, escrito cuando el pintor cumplió 25 años de fallecido.
Fernando García Ponce había nacido en 1933 en una inefable Mérida que hacía equilibrios entre un pasado de esplendor económico y un presente con deseos de renovación social. Para los jóvenes de su edad, la única alternativa era salir de la provincia, viajar, ir a estudiar o a trabajar a otro lugar más cosmopolita, ya fuera Ciudad de México u otro país. Muchos hicieron lo mismo. Artistas visuales, músicos, actores, empresarios, científicos. Había poco que hacer en la patria chica.
A la muerte de Fernando, en 1987, ya estaba identificada su generación con el nombre de La Ruptura y ya se sabía claramente su separación de la Escuela Mexicana de Pintura. Mucho se ha escrito ya sobre este grupo de artistas, particularmente sobre Fernando, quien se encuentra reseñado en el emblemático libro “Nueve pintores mexicanos” (1968) de Juan García Ponce, que incluye ensayos sobre Manuel Felguérez, Alberto Gironella, Lilia Carrillo, Vicente Rojo, Roger von Gunten, Gabriel Ramírez, Francisco Corzas y Arnaldo Cohen. Desde entonces ya se hablaba de cierta huella cubista en su pintura temprana —particularmente la vertiente de Gris— la separación pintura-realidad “para llegar a otra verdad” y el deseo implícito del pintor de expresar el espacio y no a sí mismo.
Otra influencia, citada por el mismo García Brosseau, es la de Kurt Schwitters, referencia constante en el trabajo de García Ponce, al grado, dice, que es “imposible pasar los ojos, así fuese superficialmente, por los collages de Fernando García Ponce sin entender instintivamente la gran afinidad que lo une a la obra del gran artista alemán, así, claro, como su gran diferencia: tan García Ponce es García Ponce como Schwitters, Schwitters, no hay duda alguna”.
La crítica mexicana Teresa del Conde hace alusión a Rita Eder, quien llamó “geometría expresionista” al trabajo de García Ponce, y a su vez señala el carácter constructivo de las obras del pintor, la influencia visible de la arquitectura, lo cuidadosa de la composición de sus collages —uno de ellos le esperaba aún, ya premeditado y organizado el día que murió— y “la sencillez y vibración que se combinan en sus pinturas”.
A su vez, en el marco de una exposición de 2012 Concepción Moreno opinó que el yucateco García Ponce “creó algo que no existía antes y detrás de él, toda una generación de artistas se transformó. A partir de su obra y la de otros artistas como Vicente Rojo y Manuel Felguérez, la pintura mexicana nunca volvió a ser la misma: desaparecieron los motivos mexicanistas y la necesidad de las reivindicaciones sociales a través del arte y de pronto los artistas sólo estaban interesados en los alcances de la pintura como forma estricta”.
Esta transformación, paralela y simultánea a la aparición de importantes vanguardias artísticas internacionales como la Escuela de Nueva York y la abstracción española de mediados de siglo XX, venía impulsada por supuesto por una corriente que en el entorno occidental tendía a distanciarse de los regionalismos para fijar la mirada en dos caminos de expresión, distantes entre sí, tan insondable uno como el otro: por un lado el del deseo de ser universal, por el otro el de indagar en el interior individual. El artista se sentía más parte de una intangible comunidad mundial que de su propio medio. Particularmente de Fernando, la Enciclopedia de México señala que sus “rigurosos” cuadros “mantienen una lucha metafísica con el vacío”.
Ya en perspectiva y en el contexto de aniversarios y efemérides como la presente, conviene plantearse nuevos caminos para repensar el movimiento, investigar, documentar. Para conocer mejor a personajes que ya son historia para la generación actual y que, como a tantos, los conocemos sólo a través de los objetos que legaron y la influencia que ejercieron en sus inmediatos seguidores. De Fernando queda su obra, sobre todo la abstracta, sus geometrías construidas, el collage, las zonas de aire enrojecido y el contrastado acento gestual en sus pinturas. Un documento interesante es la entrevista, de plena vigencia, que le hiciera Josefina Millán (1978) a García Ponce, recuperada por García Brosseau: Decía Fernando “¿Cómo lograr que el pensamiento ideológico, en cualquier circunstancia, aprenda a respetar la libertad del arte, cueste lo que cueste..?”. “Nuestros sistemas aniquilan cada día más la posibilidad de desarrollar el espíritu del individuo, y en cambio lo encaminan hacia la enajenación y el consumo. La manipulación convierte al hombre en un ser agresivo y descontento. El arte, en cambio, es como una fuente de agua viva, porque en la búsqueda del conocimiento se encuentra la verdadera satisfacción”.
“El gran valor del arte es que permite la introspección y nos salva un poco de ser devorados por el sistema atroz y absurdo en el que vivimos. Es la única posibilidad de sacar todo lo bello y grande que hay en el ser humano (…) lo demás, la ambición y la posesión a que nos obliga la sociedad de consumo sólo sirve para dejarnos más vacíos que al principio, porque es una cadena que no tiene fin”.
Casi 40 años después de estas palabras, pasadas casi tres décadas del fallecimiento de quien las dijo, el sistema es aún atroz, la sociedad de consumo más voraz todavía y la manipulación ha llenado el mundo de seres agresivos y descontentos. Esperemos, como decía Fernando, y en su memoria, que el arte aún pueda salvarnos.
A casi 30 años sin Fernando García Ponce y su arte

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