En su obra todos somos Pikachú. Discurso crítico y humorístico de un joven artista.

En su obra todos somos Pikachú. Discurso crítico y humorístico de un joven artista.

Breve manual de la vida fútil: duerma tarde, lo más que pueda; despierte tarde, lo más que pueda; desayune cualquier cosa, mire el televisor sin verlo, piense en cualquier cosa, cualquiera; abúrrase, insístase en el sinsentido de todo, menos de la muerte; vaya a la cama, ponga los altavoces con el disco más triste que posea. Repita todo esto al despertar, las veces que sean necesarias. Desaparezca entonces. Pero no desaparezca por completo. Prepárese para despertar más gris y más sinsentido que hoy, que ayer, que mañana. Repita esto las veces que sean necesarias. Las vidas que sean necesarias. Las marcas, símbolos y signos que sean necesarios. Arquetipos. Todos somos arquetipos pasados y estereotipos futuros. El mundo cabe en una marca. La idiosincrasia de un país cabe en un solo personaje de anime.

La pintura de Mario Guillén (Mérida, 1994) goza del espíritu revolucionario que parece casi instintivo en la juventud, pero que no siempre encuentra los canales adecuados para la producción de reacción. Hay en su discurso un esbozo grunge, un revival de los estatus contestatarios de la mal llamada Generación X: para entonces no parecían revolucionarios.

Treinta años después tergiversar el rostro y el discurso de símbolos generacionales e industriales ya no parece tan inocente.

Está el reconocimiento social en las marcas y los símbolos, pero también está la crítica y la autorreferencia como un juego semiótico: reconocerse personalmente en personajes bien identificados pero ficcionados parece un ejercicio de filiación inmediata con los observadores. Y eficaz. Muy eficaz.

La muestra de Guillén consta de 16 pinturas al óleo, piezas en las que el artista comenzaba dibujando para después dejarse llevar por el consumo y su inspiración. Cada pieza pretende mostrar alguna clave, alguna pieza consumista, alguna escena perfectamente reconocible —y por tanto, sensible a la empatía— trastocada siempre por la presencia del artista. La mayoría de las veces en rostro.

Así, podemos encontrar un Pikachú con cara de Guillén. Un Hombre Michelín dándole consejos nihilistas o tocándole el pecho. Un Al-Juarismi con cara de Guillén, cual portada de libro de Baldor con una stripper en las piernas. Un Guillén-monstruo con los ojos en las manos y el rostro como cuerpo completo. Un Guillén impetuoso por mostrar sus influencias diarias y sus ensoñaciones que pretenden trastocar las mentes de los observadores. Sus influencias son nuestras influencias. Sus marcas son nuestras marcas. Sus personajes son nuestros personajes.

Todos somos Pikachú.

Todos fuimos Guillén.

Todos somos Guillén.

La técnica en las pinturas parece la del artista que ha seguido los estándares y cánones hasta el cansancio para finalmente hacer lo que realmente desea hacer: no es academicista ni depurada; por el contrario, es sucia, es adolescente, es incluso cómica. Y ése es el sentido, las escenas dispuestas en cada cuadro abogan por un humor perverso que sólo se puede tener cuando se ha comprendido que el consumo nos consume, que no somos consumidores, que somos consumidos.

La exposición “Thrash Painting Vol. 1. Modelo pictórico de autorrepresentación” se muestra en la sala ESAY del Museo Fernando García Ponce-Macay y estará disponible para su visita hasta noviembre.— Ricardo Javier Martínez Sánchez para “El Macay en la cultura”

Fuentes: Diario de Yucatán