Explora la falta de luz natural. “Cuando empieza la noche” atrapa el ojo del curioso.

Explora la falta de luz natural. “Cuando empieza la noche” atrapa el ojo del curioso.

“La mucha luz es como la mucha sombra: no deja ver” (Octavio Paz)

Ocurre que la noche es oscura y que la oscuridad no existe, sino la luz, y que la oscuridad es vacío, por tanto, y que la luz viene del Sol y que el Sol sólo está presente de día. Ocurre que la noche es interesante no sólo por la ausencia de luz sino porque ocurre en el extraño limbo entre lo que no ocurre pero ocurre y lo que quiere dejarse ocurrir: existe una pulsión, un instinto de noche que, como el alcohol, nos invita a hacer con desparpajo. Como si la ausencia del Sol (que no está ausente, sino espejeando) nos otorgara la soltura necesaria para hacer aquello que queremos pero no podemos; al menos no ante la mirada inquisidora del Padre.

Ocurre que con la redención ante la pulsión debemos acudir a otras fuentes de luz. Aunque sean tenues. Aunque tengan otros matices. Aunque chillen. Y en donde hay una luz de noche, hay personas; o huellas de personas; o intenciones de personas: proyecciones de lo que es, pudo ser y será. ¿Será?

El voyeurista hiperbólico por antonomasia encuentra su figura central en el fotógrafo. O la fotógrafa, en todo caso. Y las rondas nocturnas son una fuente inacabable de material voyeur. Incluso cuando los espacios y la topografía sea la misma.

Yolanda Andrade (Villahermosa, 1950) y su exposición “Cuando empieza la noche” exploran los diferentes matices que otorgan la falta de luz natural en combinación con el enroque de actividades humanas que se producen cuando la vigilia se prolonga. Una serie de fotografías de mediano formato que dan cuenta de vagabundeos personales en diferentes ciudades del orbe: Ámsterdam, París, Chicago; Ciudad de México, Villahermosa, Mérida. Todas de noche, todas ante la mirada furtiva del monstruo voyeur que intenta cristalizar de tajo todo lo que conlleva un momento: los fotógrafos saben, mejor que nadie, que un momento no es sólo la medida más abstracta que haya podido existir. Saben también que detrás del clic existen diferentes motivadores para tomar la decisión de accionarlo: en el momento convergen la atmósfera, las intenciones, la luz, el tiempo y el ánimo; la magia ocurre cuando todo ello se concatena, a cuadro e impreso. Y el resultado dialoga con el observador; porque a pesar de ser un instante cristalizado, permanecerá en el tiempo y con el tiempo prevalece la perpetua interpretación.

Cada una de las fotografías que componen la exposición de Yolanda refiere siempre la actividad humana. Si bien la colección mostrada mantiene la intencionalidad de la variación geográfica y tonal, el tema nocturno parece emparentar con tal familiaridad las piezas que podríamos estar frente a un estudio sobre la Gran Ciudad Mundial de la Noche: que todos conocen; a la que todos asisten; en la que todos viven; en la que algunos duermen.

La fotógrafa se permite mezclar los múltiples tonos de luz artificial que permite (y necesita) la noche para poder funcionar y los plasma de manera tan simbólica que el observador puede perder por un momento la noción de lo que está viendo, exclusivamente para dejarse llevar por lo que refiere aquella luz verde y tenue en el fondo de la calle, o el rojo que se expande por una barata habitación de algún motel, que le remite amor pasional pero violencia al mismo tiempo; o la neutralidad de un tono blancuzco que invade las esquinas de un local de franquicia de comida rápida mientras lo limpian.

Y a pesar de la universalidad de la noche y sus circunstancias, en las que cualquiera puede sentirse identificado, la muestra fotográfica también es un documento personalísimo, un diario nocturno lleno de momentos que Yolanda Andrade decidió inmortalizar para siempre. Cuánto peso.— Ricardo Javier Martínez Sánchez para “El Macay en la cultura”

Fuentes: Diario de Yucatán