¿Para qué querrá un lector pasar las páginas de un librito obra de Juan Díaz Rencifo llamado “Arte poética española”, con una fertilísima silva de consonantes comunes, propios, esdrújulos y reflejos y un “divino estímulo de Dios” cuya edición actual reproduce fotográficamente un ejemplar que circuló idéntico en 1606? ¿Qué resortes activan ese deseo en un habitante de los dosmiles, tiempos más allá de la posmodernidad, en la época de las aplicaciones digitales, el inasible Snapchat y la realidad virtual del Facebook Spaces?
En efecto, como opinó hace algunos días en este mismo periódico en un artículo el doctor Rodrigo Llanes, la nostalgia vende y el uso de dispositivos tradicionales, como el libro, implican dejar por un momento la tecnología y relacionarse de otro modo con el objeto para adentrarse en sus revelaciones.
En la pasada entrega hablábamos del auge de la edición de facsimilares en la actualidad. En librerías nacionales mexicanas se consiguen algunos títulos impresos en España como “Biografías de mujeres célebres de México” (1918), de Carlos Hernández; “Aforismos y pronósticos de Hipócrates” (1904), de Antonio Zozaya, o “La mitología contada a niños” (1926). En total, son más de 1,000 (1,597 exactamente dice la página) los facsimilares de Maxtor.es, cantidad reveladora del interés de estos “neolectores” y coleccionistas de pretéritos manuales.
En Yucatán
El fenómeno comienza a espejarse, discretamente, en la producción editorial en Yucatán. Aquí igualmente hay algunos ejemplos de estas indagaciones en el poder de la replicación de antiguos ejemplares. Entre otros casos podríamos mencionar el de “Don Bullebulle” (2005, ICY-Ayuntamiento de Mérida), no exactamente un facsimilar del periódico burlesco ilustrado por Gabriel Vicente Gahona “Picheta” y publicado en 1847, pero sí una reproducción de sus imágenes y textos, que además incluye una presentación y un estudio introductorio.
Otro podría ser “La Siempreviva 1870-1872, el arte de combatir por la emancipación de las mujeres” (2010, IEGY-ICY), coordinada por Melchor Campos García, que compila los ejemplares del periódico decimonónico y que igualmente comienza con un texto preliminar. Uno más, el de la novela “Rosendo y Luisa”, de Eligio Ancona (Sedeculta, 2015) para la cual su editor, Óscar García Solana, incluyó el facsimilar de la escritura a mano de don Eligio cuando tenía apenas 15 años de edad. Este caso es especial porque el documento estaba inédito, así que es la primera vez que se conoce públicamente tanto la novela como el escrito de puño y letra del autor, en ese entonces un escritor adolescente.
Una obra que por la riqueza de sus ilustraciones quizá merecería una edición facsimilar en nuestra entidad es el libro “Yucatán, artículos amenos acerca de su historia, leyendas, usos y costumbres, evolución social, etc., etc., por distinguidos escritores yucatecos” (1913) edición de Álvaro F. Salazar. Hoy sólo se puede consultar en bibliotecas, y un capítulo único, con la leyenda “La cruz del paredón” de Peón Contreras, se encuentra digitalizado en la Biblioteca Virtual de Yucatán.
Por otra parte, baste una revisión rápida a la oferta de los talleres y cursos que se abren presencialmente en nuestra ciudad o la amplísima oferta anunciada en las redes sociales para notar la presencia de esta renovación: talleres de encuadernado de diversos tipos, de rescate de técnicas artesanales de la elaboración y tratamiento del papel, cursos de caligrafía o de “Libros de autor” se ofrecen incesantemente, mientras que los jóvenes estudiantes o egresados de artes visuales elaboran como parte de su línea de producción de arte objeto cuadernos empastados a mano con carátulas de tela o papel, ilustradas por ellos mismos. El renovado interés es indudable.
Es decir, mientras el libro masivo tiende a digitalizarse y dejar de imprimirse, hay al parecer otro libro, ya sea de tiraje mínimo o de confección individual, que ha despertado el interés y atención de las nuevas generaciones. Hay un elemento extraño —hemos dicho que probablemente la nostalgia— que atrae la curiosidad contemporánea con un afán muy distinto del hecho tradicional de comprar un libro para leer. La balanza se inclina de un lado pero el contrapeso del otro resulta interesante por acarrear consigo la añoranza, la excentricidad, el deseo —¿imaginario?— de ser tradicional… en fin, nuevos tiempos para viejos volúmenes en la ya casi concluida efeméride del Día del Libro. La reflexión está en el aire. — María Teresa Mézquita Méndez para “El Macay en la cultura”
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Facsímiles y artesanales, un auge distinto para libros impresos (II)

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