Quienes aseguran que la aparición del homínido como tal data del momento preciso en que se crea/descubre una herramienta y se usa a voluntad están en lo correcto. Más o menos. Las dos o tres circunvoluciones de más que tenemos en la cabeza no sólo permitieron la creación del lenguaje y la utilización de la naturaleza para fines ulteriores; permitieron, también, la intervención de la materia con fines lúdicos: he ahí la aparición del homo artisticus. La intervención, siempre la intervención.
¿Quiénes somos nosotros para ejercer un juicio sobre el valor estético de la naturaleza? Somos, por supuesto, quienes inventamos los juicios, el valor y la estética, sí; pero quizá, y sólo quizá, la naturaleza esté libre de valor estético y sólo sea. Sea. Es. Desde esa perspectiva, cualquier intervención sobre ésta resulta al menos disruptiva, intrusiva. Quizá ahí radique el verdadero sentido de la intervención: un ejercicio de poder, una forma de evidenciar el potencial humano sobre cualquier cosa en el mundo: el mundo, la cosa es; pero yo quiero que sea de otra forma; quiero que sea otra cosa.
Jorge Yázpik (Ciudad de México, 1955) interviene el mundo desde su parte central. La materia es fundamentalmente pétrea. Y dura. Y perpetua. Lo que Yázpik deja ver en esta exposición, sin título, es su deseo de evidenciar la intervención, al tiempo de conservar la naturaleza primaria del (ahora) objeto. De entre las piezas se pueden observar (y sentir) piedras que mantienen sus formas silvestres con canaletas y líneas perfectamente bien delineadas; a veces parecen circuitos eléctricos de un vestigio arqueológico; a veces parecen pequeñas maquetas arquitectónicas que muestran el crossover perfecto entre lo primitivo y la vanguardia; a veces las medianas estructuras empotradas en las paredes de la pequeña sala del museo parecen expandirse exclusivamente para mantener un lenguaje secreto entre ellas; uno que quiere ser escuchado pero se niega a ser entendido.
Hay muchas líneas y vacíos en los minerales de Yázpik. Líneas y vacíos que, de manera disruptiva y notoria, fueron colocados, planeados y ejecutados para producir un nuevo objeto. Un objeto sin nombre.
La decisión del artista sobre mantener sin título esta exposición viene justificada por la evasión del sesgo: al crear (o intervenir) objetos tridimensionales el artista se tendría que librar de la posible literatura y dejar que la gente descubra lo que pueda o se le dé la gana descubrir. La experiencia sensorial completa provocará que el espectador (o sujeto) experimente y clasifique su experiencia como mejor le convenga. No olvidemos que, al final, es un asunto lúdico: el homo artisticus no es sólo capaz de crear para fines recreacionales: es igualmente capaz de otorgarle significados particulares a las creaciones de sus congéneres. Una especie de civilización artística, si se me permite el parangón.
En medio y al fondo de la sala, contenidos por una mampara de vidrio se muestran una decena de pequeños objetos, todos más o menos con formas similares, que acuden a la geometría cristalina; tallados con mucho más detalle y demandando mayor atención del observador. Se puede tener la sensación de estar frente a la colección particular de un excéntrico coleccionista de objetos sin utilidad pragmática, pero con un encanto ineludible.
La exposición de Jorge Yázpik cuenta con cerca de 40 obras de pequeño y mediano formato, basadas en materiales como piedra, acero y cristales; forma parte de la temporada abril-junio de exposiciones temporales del Museo Fernando García Ponce – Macay.— Ricardo Javier Martínez Sánchez para “El Macay en la cultura”
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Jorge Yázpik, la intervención y lo pétreo

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