Vida y obra de un escritor son pieza de museo

Vida y obra de un escritor son pieza de museo

Se acallan los recuerdos /bajo el ardiente sol de un campo enceguecido /junto al tranquilo mar de colores transparentes /tu vida es una sola y así se continúa. Juan García Ponce. Réquiem y elegía (1969)

En noviembre de 2010, con motivo de cumplirse el centenario del nacimiento del escritor español Miguel Hernández, la Biblioteca Nacional de España, sede permanente de exhibiciones de muy diversa naturaleza, presentó al público una exposición dedicada al poeta alicantino a quien, aun parcialmente, se le hizo justicia muchos años después y que permitió no sólo saber e informarse sobre él sino más bien experimentar una inmersión en su trayectoria, su universo personal, su tiempo y circunstancias.

Aquella muestra, preservada gratamente en la memoria, es el antecedente inmediato para quien esto escribe ante la exposición “El placer de la mirada de Juan García Ponce”, a cuya obra y legado están reservadas las salas 11 y 11bis del Museo de Arte Contemporáneo Fernando García Ponce; si bien en la 11 bis se reserva para material audiovisual.

La diferencia es que en este caso la sede es precisamente un museo de arte contemporáneo y no un espacio destinado a la lectura, de modo que se hace forzoso aludir a la —ya muy dicha— vinculación del escritor con las manifestaciones artísticas, antigua y arraigada relación que encontramos desde los primeros atisbos de la llamada generación “de la Ruptura”, como la llamó Teresa del Conde, o bien “del medio siglo” y “de la Casa del Lago”—a la que también se dedica un espacio en la muestra— de la cual Juan ha legado abundantes crónicas, hojas de sala, ensayos biográficos y una suerte de escritos que teorizaron la producción artística de aquel grupo y aquel tiempo que dio un notable giro a la producción artística mexicana.

La exposición

En “El placer de la mirada”, cuyo título ya anuncia esta vinculación a la que hemos hecho referencia, el visitante encontrará en primera instancia un recorrido biográfico ilustrado con abundantes fotografías (algunas conmovedoras como sus primeras fotos familiares) y documentos, sus reconocimientos y premios, así como entrañables cartas personales.

Por ejemplo, en una misiva firmada en 1979, Mario Vargas Llosa le dice, con respecto a un artículo previo del mexicano escrito sobre Bataille: “…aunque tu crítica es severa, y por momentos homicida, no me disgustó nada, pues está llena de esa pasión por la literatura que hoy día es raro encontrar en los escritores (a los que sólo parece apasionarles la política)”.

En uno de los costados, hay una evocadora recreación del espacio de trabajo de Juan con objetos personales como su escritorio, su máquina de escribir y sus originales mecanografiados, además de obras de importantes artistas mexicanos —Lilia Carrillo, José Luis Cuevas, Gabriel Ramírez, Fernando García Ponce…— en su mayoría integrantes de la generación de la Ruptura, que este año celebra medio siglo de su aparición.

Al respecto, el día de la inauguración, por la mañana, hubo un coloquio sobre este movimiento artístico, en el que participaron pintores como Gabriel Ramírez y Arnaldo Cohen, así como Magdalena Zavala, Rafael Pérez y Pérez y José Antonio Lugo García, además de María Luisa Herrera (la asistente personal de Juan García Ponce) y Carlos García Ponce. En aquel coloquio, abierto para la prensa, se anunció la apertura próxima del Cevidi (Centro Virtual de Documentación e Información) donde se comienza un acervo documental de arte mexicano del siglo XX.

Oportunidad mixta

Con respecto a “El placer de la mirada”, en total, son cerca de doscientas piezas (la mayoría proveniente de la colección particular de la Sra. Mercedes Oteyza) las que se suman entre fotografías, cartas, diplomas y ejemplares de las diversas ediciones de su prolífica obra escrita. Es así como esta exposición documental brinda una oportunidad mixta: quien acostumbra recorrer el museo para encontrar arte contemporáneo ha de detenerse en este espacio distinto, pleno de testimonios objetuales, que requiere una visita pausada y es solamente un atisbo a la amplitud de su trabajo y la diversidad de su producción literaria.

A su vez, quien ya lee a García Ponce y conoce su obra, disfrutará seguramente la percepción orgánica integral de su persona y su obra en conjunto, de poder reconocer los textos, la iconografía, las citas y hasta la huella dactilar maximizada del escritor. Acostumbrados a percibirlo desde lo fragmentario (un libro, el siguiente libro, el artículo de la revista, el texto de catálogo…) ahora es posible recorrer paso a paso su universo y dedicar buen tiempo –que nunca será suficiente– para descubrirlo en su compleja identidad, su inteligencia y su trascendencia.— María Teresa Mézquita Méndez para El Macay en la Cultura

Fuentes: Diario de Yucatán