En los últimos días de este primer mes del año celebramos el centenario del nacimiento de quien es, sin duda, uno de los más destacados representantes de la plástica mexicana del siglo XX: Fernando Castro Pacheco, creador prolífico y multidisciplinario, nacido en la capital yucateca el 26 de enero de 1918.
Dibujante de cualidades natas, Castro Pacheco inició desde muy joven su formación profesional como alumno de la Escuela de Artes Plásticas de Yucatán. El academicismo que acusaba aquella institución poco satisfizo las inquietudes del pintor en ciernes; sin embargo, siempre recordó con especial estima a los que fueron sus primeros maestros. Unos años después, al establecerse la Escuela Popular de Arte se integró a ella como profesor de dibujo y, en 1941 participó en la fundación de la Escuela Libre de Artes.
En 1943 Castro Pacheco se traslada a Ciudad de México, el epicentro cultural de la nación. Allí entra en contacto con diversas instituciones y personajes del ambiente artístico capitalino, como la Galería de Arte Mexicano, de Inés Amor; el Taller de la Gráfica Popular, del cual no fue integrante pero que incluyó (e incluye) la obra del maestro yucateco en sus exposiciones y dentro de su acervo; el Salón de la Plástica Mexicana, del cual fue miembro fundador, y la Escuela de Pintura y Escultura “La Esmeralda” del INBA, en la que se desempeñó sucesivamente como profesor y director de 1961 a 1973, año en que el pintor regresó a vivir a su ciudad natal.
El dibujo ocupó un lugar destacado en el ejercicio artístico de Castro Pacheco y constituye un elemento primordial en su obra; él mismo señaló que el dibujo “es la estructura sobre la que, si las incursiones son felices, se ata el ropaje del color”. Lo mismo vale decir para su obra escultórica, la mayor parte de ella conformada por bronces de pequeño formato, que parten del dibujo, es decir, la estructura sobre la cual se desdoblan los volúmenes.
Desde luego, Fernando Castro Pacheco es principalmente conocido por sus murales, no obstante que, como se ha ido apuntando, su obra gráfica y de caballete es considerablemente más amplia y alcanzó espléndidos niveles de calidad y maestría. Sus primeros murales fueron realizados en 1941 en las instalaciones de la Escuela Campesina de Tecoh; de esa misma época datan los murales de la biblioteca de la Escuela de la Unión de Camioneros de Yucatán (actualmente Escuela Manuel Sarrado) de Mérida, realizados en colaboración con Armando García Franchi; cabe destacar que este conjunto pictórico está realizado al fresco sobre losetas, lo cual fue una innovadora propuesta técnica por parte de sus artífices. Ese mismo afán de experimentación se evidencia en la serie de murales que decoran diversas estancias del Palacio de Gobierno de Yucatán, realizados al óleo sobre láminas de metal galvanizado, entre 1971 y 1979; se trata de una modalidad de “murales transportables”, ideados para resistir las condiciones climáticas de Mérida. Por otra parte, algunos proyectos muralísticos se quedaron en el tintero (o mejor dicho, en el boceto) como los planeados para la Escuela de Medicina de la Universidad de Yucatán y uno más propuesto para el Centro Cultural de Mérida Olimpo.
Si bien el dibujo resulta fundamental en la obra de Castro Pacheco, el color también fue una de sus mayores preocupaciones formales. Sus óleos evidencian a un colorista sensible y sobrio; la paleta cromática del maestro nunca se extralimita y, las más de las veces, privilegia el uso de colores primarios. A fines de la década de los 70, los esfumados y las manchas de color, casi independientes del dibujo, aparecen en sus lienzos, dando a su obra una impronta característica y reconocible.
En cuanto a los temas de su pintura, el propio Castro Pacheco señalaba que ocupaban un lugar secundario. Desde luego, hay múltiples referencias y evocaciones a Yucatán en su obra: los hombres y las mujeres mayas representados siempre con pulcra dignidad, la vida cotidiana campesina, el henequén, etcétera, sin embargo, el maestro privilegió siempre los valores plásticos sobre los narrativos. Esto ocurre, en buena medida, incluso en los murales del Palacio de Gobierno, de temáticas historicistas/narrativas pero distantes de las posturas ideológicas que caracterizaron la obra de los muralistas de la Escuela Mexicana.
Resulta difícil en los breves párrafos que anteceden dar cuenta pormenorizada de una obra tan vasta como la del maestro Fernando Castro Pacheco. Sirvan, pues, estas líneas como una invitación para adentrase más y conocer mejor el legado uno de los más notables pintores nacidos en Yucatán.— Ángel E. Gutiérrez Romero, historiador, para “El Macay en la cultura”
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En el centenario de Fernando Castro Pacheco

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