A veces la certeza parece absoluta: hay quienes afirman que la historia y el instinto del hombre están todas contenidas en las evidencias de la Grecia Antigua. Al menos la historia y el instinto de occidente, que no son poca cosa. La política, tragedia, mitología, artes y fiestas griegas nos persiguen inexorablemente hasta nuestros días; como erinias acechando la vergonzosa culpa.
El camino trazado por Arnold Böcklin (Basilea, 1827–Fiesole, 1901) hacia la gloria —y el olvido— pictórico es similar al de un filósofo o un pensador de enorme envergadura. Nacido en una ciudad tan proclive al multiculturalismo y en el seno de una familia afortunadamente acomodada, pronto decidió que se dedicaría al arte, en cualquiera de sus formas. Pasando por Düsseldorf e instalado a los veinte años en París, el joven pintor se alimentaba del Louvre día a día. Reprodujo a los mejores; tomó a los encumbrados y practicaba, una y otra vez. Con la curiosidad y el anhelo del joven artista que ha comprobado sus capacidades se instaura en Roma y consigue cobijo por parte de la familia Feuerbach, cuna de mentes maestras por varias generaciones. Su amplio conocimiento y cultura le alcanzaron para impartir clases de arte en Weimar después y codearse con núcleos intelectuales importantes de la época.
Su pintura denota una evolución interesantísima: a pesar de que sus trabajos tempranos podrían haberlo instalado perfectamente como los grandes exponentes del naturalismo o romanticismo ortodoxo, simplemente funcionarían como bastión para lograr la cúspide técnica y temática alcanzada en su etapa simbolista.
Como consecuencia de sus constantes viajes y su interacción con los núcleos intelectuales de la época, Böcklin desarrollaría cuadros que mezclaban, a la perfección, los temas (miedos, instintos y cuestionamientos filosóficos) clásicos y las nuevas vertientes técnicas de la época, siempre manejadas con maestría y filtrada por una re-interpretación tan personalizada, tan particular, que a veces asusta que genere tanta empatía.
En “Autorretrato junto a la muerte tocando el violín” (1872), quizá una de sus obras más conocidas, parece contener el momento justo de insight al escuchar los acordes del violín con una sola cuerda que viene a tocarle la muerte mientras produce el retrato de sí mismo. El rostro perplejo pero vacilante e introspectivo del autor contrasta con la posición de acecho de la muerte; cada uno haciendo su perfecto trabajo. se inspiraría en esta obra para el segundo movimiento de su cuarta sinfonía.
En “La isla de los muertos” (1880 -1886), su otra obra más representativa, parece haber concatenado de manera perfecta su propio dolor, los encargos de sus clientes y los temas recurrentes en el occidente desde hacía, al menos, dos milenios: un bote pequeñísimo remado por quien parece ser Caronte se acerca a un islote de grandes estructuras y ruinas blancas, tremendamente alargadas en contraste con lo angosto del terreno; en el bote (dependiendo de cuál de las cinco versiones, aquí el asunto varía) le acompaña una mujer con velo blanco y, a veces, un ataúd. Se cree que la primera concepción de la obra fue una representación de la muerte de una de las hijas del pintor, aunque lo cierto es que Böcklin nunca explicó ni someramente el significado voluntario de la obra. Independientemente del esclarecimiento del tema de la pintura, su repercusión en el imaginario artístico y social ha sido descomunal: pareciera que no hay persona que pueda permanecer indiferente ante su primer acercamiento con la obra: ¿es paz? ¿Es resignación? ¿Es entregarse a la muerte? ¿Es un lugar para los muertos desafortunados o un paraíso? ¿Estamos acompañando, en otro bote, a los personajes? El hechizo de la obra bastó para que Rachmaninov le compusiera un poema sinfónico y que Hitler moviera cielo y tierra para adquirir una de las versiones.
Años antes de su muerte, la obra de Böcklin fue en detraimiento del ámbito; permaneciendo casi en el olvido hasta el rescate de los surrealistas, en los que evidentemente, por su naturaleza simbólica y su capacidad de homogeneidad temática y técnica, fue tomada como estandarte para la escuela apenas naciente.
Primero fue el pintor. Luego el arte.
La obra de Arnold Böcklin necesita resguardarse en el imaginario humano tanto como las evidencias griegas. Su impacto cultural es más del que se presume.
Por Ricardo Javier Martínez Sánchez para el Museo Fernando García Ponce-Macay.
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Naturaleza y muerte

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