Al contemplar los cuadros de Ilse Gradwohl, el espectador percibe una quietud que deja entrever, en una textura, una línea o un trazo apenas esbozado, una tensión áspera. Es que en la tela ha tenido lugar la lucha de la forma. Lo que se muestra a primera vista es sólo la superficie debajo de la cual se intuye una sucesión de abismos y epifanías: sombras y huellas de una intrincada y laboriosa fragua. En apariencia, los cuadros nos narran un vacío; sin embargo, al dejarnos poseer por su rotunda y delicada presencia, sutilmente nos impresionamos al ver que cada cuadro rebosa intensidad, al convertirse en el ritual de la revelación de los movimientos interiores de Ilse Gradwohl.

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